¿Por qué lo haces?

Hasta ahora sólo escribía en las paredes, con una letra minúscula y angustiosa, como de faltarme espacio o como de llevar toda la vida descalzo en la nieve homenajeando a Walser. Mi obra la he venido yo escribiendo a cuatro columnas sobre tres paredes de mi habitación sin prisa alguna, moviéndome entre las doscientas palabras diarias de Banville y las dos mil de Black, o sea, entre la identidad y el heterónimo, lejos de los veinte folios al día del genio, de la prosa oceánica y la autobiografía proustiana, hercúlea y vikinga de Knausgard.

Esto de escribir va surgiéndome mientras ando, cuando vuelvo de ver al abuelo en su casa de la Alfama, donde sospecho que esconde en alguna parte su propio libro del desasosiego, o quizá lo que guarde sean unas obras ligeras, portátiles, de andamiaje sólido y mundano, unos textos escritos en alguna maleta duchampiana con rombos o urinarios limpios y rellenos de letra de periódico, de letras de mosca o de araña, que no es la escritura de toda la vida, sino que es la que sale tras alquilarse uno en el videoclub del barrio la película de Cronenberg.

escribir

Digo que he venido hasta hoy pinturreando la cal rugosa y las imperfecciones de los muros de carga hasta dar con esta revista que intuyo yo norteña, volcada al oeste, justo cuando despunta el verano en los vivaces tirantes de las universitarias, que es siempre donde empieza todo, el barrido y la cámara lenta, donde principia la furia y el alfabeto, donde se cifra el jeroglífico y se apagan los inviernos, como un corte de luz en Venezuela. Detrás de cada hombro está la primavera de obelisco y columna de Trajano, está la estación escribiéndole una carta a la familia, que es como decía Pla que había que escribir, pero con cuidado, y está el cielo ardiendo a llamaradas en un bosque metafísico y quieto de nubes deshilachadas.

Uno cree que escribe esto para ver si da con el paradero de la prima canaria que aún no conoce, para ver si lo lee la prima de la que siempre están hablando las tías cuando llegan los domingos de sol y de aterrizaje en la orilla, y se ataladran con cañas las sardinas en un aquelarre de canícula y tinto con casera, que explotan luego por dentro como si Walter White estuviera detonando toda la tabla periódica de golpe en un desierto de hidruro de fósforo.

– Dígame, ¿por qué lo hace? -le pregunta Jesse.
– ¿Por qué lo haces tú? -replica Walter.
– Por pasta, claro. -sentencia.

Pero Walter no lo hace por dinero. Lo hace porque va a vivir al límite lo que le queda. Y antes de marcharse, le dice a Jesse: “Me siento vivo. Compra la caravana”. Es su manera de alargarse la vida, de darse su tiempo, de labrarse sus capítulos, de minimizar la tragedia.

¿Por qué hago yo esto entonces? Para sentirme vivo otra vez. Entre la pared inagotable y el abismo. Y ser cada día más Camba.

Luis Reguero | @quijotesancho78

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