True Detective y el perro de Viridiana

“Time is a flat circle”. Así de categórico se muestra un macilento Rust Cohle (el renovado Matthew McConaughey que debe haber cambiado de agente) mientras concatena cigarros de manera febril. Finalizada en marzo la primera temporada y mientras aguardamos la segunda de este portento televisivo llamado True Detective(Nic Pizzolatto, 2014) conviene volver sobre sus pasos.

Minutos antes de dejar pasmados a los agentes que le interrogan con sus divagaciones, Rust chafa una lata de un manotazo en un genial detalle de atrezzo centrando la atención del espectador. Con ella se pertrecha para contarles la teoría M mientras narra cómo salvó, junto a su compañero Martin Hart (espléndido Woody Harrelson), a unas niñas de las garras del pederasta Reggie Ledoux. Majareta o extremadamente lúcido, el detective con pinta de cazador trasnochado vierte una descorazonada y nihilista reflexión acerca de la futilidad de sus actos. A pesar de ellos, la compresión del tiempo, como la de la lata, condenará a la repetición en espiral y todo sucederá ad eternum “over and over and over again…” – lo que, por otro lado, debemos hacer con la serie, repetirla –. Semejante circularidad no es un capricho para los creadores de la serie, quienes, en su capítulo final, previo al “estrellado” epílogo, concluyeron con el mismo plano general del campo que en el primer capítulo habíamos visto en llamas. Estados Unidos, este país joven prematuramente envejecido, muestra una descorazonada visión de sí mismo a través de sus ficciones televisivas. En True Detective,el constante percutir de los crepúsculos en el horizonte certifican la languidez del otrora país de las oportunidades.

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Trayendo el agua a un molino de estos lares, muchos años antes, en la España franquista, el más universal de los cineastas hispanos dispuso algo parecido en una secuencia de su genial Viridiana (1961). Un recién heredado Paco Rabal mide las tierras donde planea trasladarse a vivir cuando una tartana llama su atención por el can que lleva atado con una cuerda al cuello (¡Cuán importantes son las cuerdas o combas en la película!). En un loable ejercicio de compasión, compra el perro Canelo a su dueño para librarlo de tan perra vida – nunca mejor dicho –. Sin embargo, su empeño se torna vacuo puesto que al instante otro carromato cruza el camino con un chucho en idéntica tesitura. Hete aquí como, con menos misticismo que el personaje interpretado por Matthew, el aragonés fue capaz de concentrar un discurso parangonable.

Tan lúcida secuencia, de las que el filme está plagado, fue un órdago para aquella dictadura dispuesta a todo para lavar su imagen en los primeros sesenta. Si bien el gobierno hizo la vista gorda, el retorno del “mexicano” Buñuel no pudo contener la soliviantada respuesta del órgano de prensa del Vaticano: L’osservatore romano al estrenarse la película en Cannes, ¡Con la iglesia hemos topado! La afilada mirada del genio de Calanda motivó que el Ministro de Información y Turismo la prohibiera inmediatamente y, aunque Franco la viera dos veces y tan sólo encontrara en ella “chistes de baturros”, la decisión fue irrevocable. Condenadas al cadalso las copias, empieza aquí una aventura más propia de Spielberg con música extradiegética de John Williams a todo trapo. Las cintas, ocultas, se salvaron gracias a la argucia de Domingo Dominguín, productor y a la vez representante de toreros que escondió unas latas en la furgoneta de un torero. La ironía puso el resto y así los negativos del filme fueron camino de Francia bajo capotes, estoques y monteras. Al llegar a la frontera, tal y como relataba el hijo del cineasta, los guardia civiles – probablemente como los que descienden del carro al principio de la secuencia aquí citada – saludaron con gritos de “¡Suerte, matador!”, doble burla a la benemérita que constata aquello de que la realidad supera a la ficción.

Más de medio siglo después, las películas españolas no huyen clandestinamente hacia Francia pero se caracterizan por su escapismo de la realidad cotidiana. Sin embargo, el país de la piel de toro sí sigue deleitándonos como lo hacía en tiempos del caudillo: vírgenes condecoradas, una juventud sin futuro que emigra a Alemania, el problema de la vivienda, la Conferencia Episcopal o la prohibición del aborto bien sazonado con agresivos recortes en sanidad y educación de un gobierno de ascendencia franquista mantienen vigente su espíritu. El cual, por la gracia del bipartidismo, blinda al anacrónico Juan Carlos I, Felipe VI y los que vengan para que nada cambie. Ya nos dijo Buñuel en 1961 que éramos el perro Canelo debajo del carromato y así seguimos porque “time is a flat circle” y todo sucede “over and over again”.

Miquel E. Ortega / @miqueleduard

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