De Reyes y cuernos

“Madre mía los haters de @RevistaHighway cuando sepan que preparo un artículo de cuernos. Más razón aún para hatear”.

Lo de arriba lo tuiteé hace unos días sin prever que la actualidad nos soltaría una bofetada semejante. Nadie sospechaba –y si dice lo contrario es un CUÑAO de manual– que el Rey fuese a abdicar en El Artista Anteriormente Conocido Como Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia, futuro Felipe VI. De haberlo sabido nos hubiéramos ahorrado las prisas, pese a la rápida reacción de varios redactores de Highway. Y yo… bueno, aquí me tienen, dispuesto a hablarles de cuernos recién abdicadito Juan Carlos I: el sarcasmo es involuntario, lo juro.

Como decía, había planteado disertar sobre reyes y cuernos, con el más difícil todavía de hacerlo sin citar a Corinna (insisto, el sarcasmo es involuntario). Admito, eso sí, que la idea era algo tramposa, como casi cualquier tipo de escritura: habría reyes como Juan Carlos I, sí, pero los cuernos serían los de los rinocerontes. Lamento la decepción, como también lamento que Mercadona retirara el helado de natillas con galleta.

Rinocerontes y reyes ha habido muchos en la Historia, por lo que conviene acotar un marco espaciotemporal medianamente manejable. Remontémonos al Japón del periodo Nara (siglo VIII), comprobemos que no hay por dónde cogerlo y saltemos al Portugal del siglo XVI, que nos pilla más cerca. De hecho, la corte lisboeta del Renacimiento era una bendición para los estudiosos de la Naturaleza: los viajes de los exploradores portugueses proporcionaban plantas y animales de África, Asia y América, de ahí que su notable impacto quedara recogido en los anales de la época.

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Aunque el fatídico terremoto de Lisboa de 1755 destruyó gran parte de los archivos reales portugueses, han sobrevivido testimonios de la existencia de varios animales que llamaron poderosamente la atención de sus coetáneos. Quizás el más famoso de ellos fue Salomón, el paquidermo protagonista de la novela de José Saramago El viaje del elefante. Por si no han leído el libro –ya hay que tener valor, estar leyéndome a mí en vez de a Saramago, vergüenza debería darles–, Salomón fue un presente de Juan III (1521-1557) a su primo, Maximiliano de Austria, que se lo llevó puesto desde la Península Ibérica hasta Viena. En el camino Salomón desencajó las mandíbulas de todos cuanto lo vieron: cómo no iban a asombrarse los europeos del siglo XVI frente a un elefante, cuando para ellos Aníbal era alguien tan lejano y mítico como para nosotros podría serlo el Señor Barragán.

[Sí, he metido en la misma frase a uno de los grandes estrategas de la Historia y al creador del “ñogo ñogo”. Ya podemos cerrar Internet, que me lo he pasado].

En fin, puede que Salomón no fuese tan especial, dado que ya había habido otros elefantes en la corte de su padre, Manuel I (1495-1521). El apodo de “el Afortunado” le venía como anillo al dedo en ambas acepciones de fortuna: por la suerte –en su reinado Vasco da Gama llegó a la India (1498) y Pedro Álvares Cabral descubrió Brasil (1500)– y por el dinero, pues con sólo el 5% de lo recaudado por las especias se financió esa maravilla de la arquitectura que es el Monasterio de los Jerónimos. A este rey, de paso, le hicieron uno de los regalos más peculiares de la época: un rinoceronte enviado desde la mismísima India por el virrey luso Afonso de Alburquerque, quizás la persona con más calles dedicadas en todo Portugal.

A Manuel I el rinoceronte le encantó, por supuesto, que ser el único rey con rinoceronte es algo que mola muy fuerte. Pero no sabía qué hacer con él. No podía sacarlo a pasear, ponerle vestiditos, usarlo para la guerra o juntarlo con sus otros animales salvajes; es más, cuando organizó una pelea entre el rinoceronte y un elefante este último salió huyendo despavorido. Y claro, el rinoceronte se convirtió en algo parecido a la Supercopa de España: te hace ilusión y te da prestigio, pero no te procura beneficios y luego acaba cogiendo polvo, muerta del asco en un rincón de la sala de trofeos. Pensándolo bien, tener rinoceronte es un coñazo y terminas hasta la polla de él. Así pues, a los pocos meses Manuel I resolvió quitárselo de encima y mandárselo como obsequio al papa León X, que sólo pudo verlo disecado en 1516 tras naufragar el barco que lo transportaba. Y la PETA sin fundarse, oigan.

Aunque Lawrence Norfolk ya narró estos hechos en su libro The Pope’s Rhinoceros, este rinoceronte pasó a la historia como “el rinoceronte de Durero” por los dibujos y el grabado que el artista alemán hizo de él. Durero jamás vio al rinoceronte, sino que basó su representación en dos cartas remitidas desde Lisboa y en la obra de Plinio el Viejo. Aún así, la de Durero fue la imagen canónica del rinoceronte durante más de dos siglos, hasta que otro rinoceronte, Clara, se fue de gira por media Europa.

Si leen el enlace de Clara sabrán que fue el quinto rinoceronte que se vio en la Europa de la Edad Moderna. Tercero y cuarto vivieron en Londres entre los siglos XVII y XVIII, pero de ellos sabemos bastante menos. Sí hay más noticias del segundo, Abada (que por entonces era el término usado para definir al rinoceronte), tan singular que hasta le dedicaron una calle en pleno centro de Madrid.

Abada tuvo hasta tres dueños, los tres reyes. El animal llegó a Lisboa en 1577 como un regalo para Sebastián I (1557-1578), que disfrutó bien poco de él: el año siguiente comandó una cruzada en Marruecos, fue derrotado en la batalla de Alcazarquivir y desde entonces no se le ha vuelto a ver, como aquél que se marcha a por tabaco. Aún hoy su tumba en los Jerónimos está vacía, pues Portugal lo espera cual Penélope a Odiseo, convencida de que regresará para salvar el país, instaurar el Quinto Imperio y romper la maldición de Béla Guttman.

Sebastián I ni se casó ni dejó hijos. Su único heredero fue su tío abuelo Enrique I (1578-1580), hijo de Manuel I y el único descendiente varón de la dinastía de Avís (buen alquiler de coches, mala calidad genética). Cardenal desde 1546, Enrique I se dispuso a asumir la corona portuguesa –y el rinoceronte–, pero el papa Gregorio XIII se negó a liberarle del voto de castidad. Sin poder casarse ni concebir hijos legítimos, Enrique I murió en 1580 cuando presidía las cortes que debían buscarle un sucesor al trono. Toda ironía es poca.

El tercer dueño de Abada fue el siguiente rey portugués, Felipe I (1581-1598), que es nuestro Felipe II. Ya saben, Portugal y la hora menos. Esgrimiendo sus derechos por ser hijo de Isabel de Portugal y sobrino de Enrique I (e invadiendo el país por eso de reforzar sus argumentos), acabó con la crisis dinástica en apenas un año y, como souvenir, hizo traer al rinoceronte a España, primero a Madrid y después a El Escorial, coincidiendo con el final de las obras del monasterio.

Allí vivió Abada sus últimos cinco años, haciendo las delicias de corte y embajadores, y provocando el pánico entre los monjes cuando Felipe II la hacía subir a las celdas. Qué risas con Felipe II, que no todo iba a ser reprimir Flandes, quemar herejes o fliparse con El Bosco. Pero todo eso merece otro artículo en el que los rinocerontes no sean una excusa para hablar del Portugal del siglo XVI.

Fernando Díaz Gil | @ferdiazgil

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