6 de junio, 1944

Agazapados en el anfibio. Un día gris y ventoso, frío. El sonido de los morteros. Granjeros, hijos de profesionales liberales, estudiantes universitarios, algunos con la foto de sus novias en Wisconsin, Alabama, Tennessee, Texas. Muchos no pasan de la veintena. Unos rezan, otros se mantienen impertérritos, aunque solo sea por fuera. Pocos minutos después, muchos morirán irremisiblemente, pero su muerte no será en vano. Poco después, Alemania capitulará. Fin de la historia. Dicen que muchos de los veteranos de guerra que vieron el film de Spielberg en su primera media hora tuvieron que abandonar la sala. «Fue así», dijeron los consultados, entre lágrimas. Los primeros minutos de la celebérrima película de Spielberg son recordados por su tremenda crudeza.

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A veces, conviene volver a recordar que la guerra es así. No me voy a recrear en los detalles porque la gran mayoría de los que aquí me leen han visto la película. Porque es lo más parecido a lo que pasó allí realmente.

68.000 hombres se dejaron la vida en las playas de Normandía. Ciento cincuenta mil por el lado de los nazis; más de trescientos mil heridos en total, más desaparecidos. Cuando uno contempla las hileras de cruces del memorial del D-Day, es inevitable sentir no ya tristeza, sino inmensa gratitud. Gratitud a aquellos que se dejaron la vida en Omaha para dárnosla a nosotros. Gratitud por haber liberado a Europa del fascismo, que como si del moho se tratase se extendió por un continente podrido, húmedo y oscuro. Allí murieron chicos de veinte años. Allí encontraron su final por devolvernos la libertad. No tenían por qué hacerlo. ¿A quién demonios le importaba la vieja Europa? Sumida en el totalitarismo fascista y comunista, Europa se encontraba en un momento parecido al actual; acababa de salir de una crisis económica y social, en la que la democracia liberal volvía a estar cuestionada por no haber sabido responder a las peticiones de una empobrecida clase obrera, que buscó auxilio en los dos totalitarismos.

Conviene recordar el Día D. Conviene recordar, a aquellos que hoy cuestionan la democracia, que dicen que los Estados Unidos de América representan el mal, que gracias a ellos, hoy podéis decir esas subnormalidades sin miedo. Una Europa repartida entre nazis y comunistas es lo que tendríamos, sin afán de querer hacer historia-ficción, y gracias al enorme esfuerzo de guerra conjunto de los aliados, hoy volvemos a contar con nuestra tradición demócrata liberal. Sí, EEUU vino a restituir el liberalismo político, que no el económico, que falló. Para evitar otra vez una revuelta similar, se creó el estado del bienestar, con ese afán de hacernos a todos iguales rellenando nuestros bolsillos de dinero, pero olvidándose de la productividad. El resto, es historia. Es curioso que se tambaleen los estados del bienestar en Europa justo en este momento. Conviene aclarar que superar la desigualdad en términos económicos es un completo imposible. La meta que se puso el estado del bienestar era igualarnos a todos un poco más, pero lo único que consiguió, a la postre, fue empobrecernos y aumentar, si cabe, las diferencias entre ricos y pobres.

Setenta años han pasado ya después de que Europa fuese liberada del avance nazi. Ya no hay nazis en Europa, pero hay una tímida regresión al odio. En Francia, una mujer rubia hija de un hombre que sostiene que el ébola es la solución a la inmigración africana, ha ganado las elecciones europeas. Movimientos que juguetean con el comunismo y el progresismo decimonónico ganan peso en el sur. Reino Unido desea desentenderse de una Europa que no le ofrece más que dolores de cabeza. Me niego a pensar que el sacrificio de los aliados por la libertad fuese en vano. Es la libertad, o al menos, el respeto a ella, lo que vertebró una vez Europa. Tardó siglos en desprenderse de los viejos reyes absolutos, para tener repúblicas liberales, que desembocaron en dictaduras y después, vuelta a las repúblicas liberales. Se construyó el pilar de Europa entorno a estados que garantizasen unos mínimos vitales a los ciudadanos de cada país, pero al final, se ha desvelado como imposible de mantener. No ya por el pulso demográfico de una envejecida Europa, que ni siquiera con inmigrantes es capaz de cubrir.

Ahora que el estado del bienestar, que contenía a una gran parte de la población europea, amenaza con derrumbarse, vuelven los buitres con sus vuelos en círculo para aprovecharse de los cadáveres del capitalismo de consumo. Europa se plantea la redefinición de lo que es, de la posición que tiene en un mundo cada vez más multipolar. Los tan encantados de conocerse europeos tienen que encontrar algo que nos vuelva a identificar. ¿Somos españoles, portugueses, italianos del sur y griegos europeos? ¿O Europa solo es Francia, Benelux, Alemania, norte de Italia y cuando le da la real gana, Reino Unido? Europa se encuentra con el reto más importante en setenta años, que es asumir que ya no se encuentra en la vanguardia del mundo, ni culturalmente, ni en nivel de vida.

Mientras escribo este artículo, pienso en todas esas cruces blancas sembradas primorosamente en los jardines de Normandía. Pienso en todos los chicos de mi edad que perecieron allí y que no tuvieron otra elección. Europa no les pertenecía, no tenían nada que ver con ella, y se dejaron las botas en las playas y defensas. Por ellos, por todos los muchachos que allí murieron para defender una Europa libre, este 6 de junio de 2014, otro año que coincide con la Gran Guerra, pido que los europeos tengamos suficiente altura de miras para regenerar el continente que descubrió el planeta y albergó las mayores libertades del mundo conocido.

Guillermo Gómez de Salazar | @rickwwayne

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