La gran tertulia española

Es sábado por la noche. En Telecinco está Rosa Benito y en laSexta, la cadena a la que nuestros revolucionarios fetén (permítanme ponerme wolfiano) veían como la aldea de Astérix hasta que José Manuel Lara llegó, los periodistas Francisco Marhuenda y Eduardo Inda –el hombre que sobrevivió al Marca en los años de Nanín- se acusan mutuamente de ser del Partido Popular. Si no fuera abstemio pensaría que me he pasado con el agua con misterio.

Acusan a Pablo Iglesias los contertulios de la derecha –me niego a usar lo de “tertuliano”, ese palabro que se sacó del magín Luis del Olmo, padre del invento- de ser un producto de éstas. Y naturalmente que el líder de Podemos lo es. Como lo son Inda y Marhuenda, que si hubieran salido de la mente de Hergé serían Hernández y Fernández. Si en este país uno no sale por la tele ni tiene un videoblog en Youtube no es nadie (decía Carl Berstein que cuando la televisión narra un hecho éste no es nunca más marginal. No esperarían que Iglesias rompiese la regla). De todos modos es mejor que aparezcan en un espacio de actualidad que en el Deluxe (en este momento me ha venido a la cabeza la imagen de Marhuenda rodeado por los cables del polígrafo de Conchita y reconozco que me ha dado morbo. La escena, me refiero. A Pablo Iglesias, en cambio, le veo cada vez más parecido a Mario Vaquerizo. Tengan cuidado sus asesores y no le sobreexpongan demasiado: pronto puede (¡podemos!) resultar tan estomagante como él).

Son tiempos difíciles para la verdad. Este país, que carece tantas veces de término medio, se convirtió hace años en el inmenso plató de una tertulia a modo de circo romano moderno. Sólo que ahora las víctimas somos algunos espectadores que, de forma masoquista (¡sadomasoquista!) y con el espíritu observador de entomólogos, contemplamos el desalentador espectáculo sabiendo que, diciéndose tertulias, nadie cambiará su parecer. Ninguno saldrá de su trinchera, porque afuera, donde el pensamiento independiente, no hay árbol que dé sombra. Es nuestro drama: nos sobra ideología y nos faltan ideas.

Foto: periodistadigital.com
Foto: periodistadigital.com

Al principio de los tiempos parecía que el formato lo monopolizaba la TDT -¡el TDT party, el gatómetro!-, pero desde que ésta se demostró un chasco mayor que el efecto 2000 y el Betamax juntos el género tertulia ha basculado hacia la izquierda. Es justo reconocer que las segundas son más divertidas que las de Intereconomía, 13TV et al.: tienen la misma dosis de sectarismo – ay, la equidistancia- pero prescinden de ese aroma y esos decorados que remiten a José Luis Moreno. ¿Es que nadie se acuerda ya de cuando las tertulias de Intereconomía eran aderezadas por un señor tocando el teclado?

El género, no obstante, lleva lustros en decadencia (los declives son en ocasiones eternos: observen el caso de Francia). Hace treinta años las tertulias patrias las moderaba José Luis Balbín. Hoy lo hacen Jesús Cintora en Cuatro y Antonio García Ferreras en laSexta. El primero es un chico un tanto desnortado que ha conseguido hacerse un hueco en televisión gracias a la media sonrisa que luce durante noventa minutos cada mediodía, como si fuera la gota malaya. El segundo, más campechano y dicharachero, lleva un look imperturbable de diputado de Esquerra Republicana. Mis simpatías en este sentido están claras: la tertulia de laSexta es La Clave al lado de la de Cuatro. Con Ferreras me iría a tomar una fanta, con Cintora preferiría no hacerlo porque es capaz de presentarse con sus amigos Revilla y la monja católica-catódica. El fenómeno cuñado ibérico, drama de primer orden, alcanza su epítome en su(s) persona(s).

Ambos son hombres claramente de izquierdas que juegan en casa con una ventaja añadida: cuenta con un repertorio de tertulianos adscritos a la derecha que convierten al juez Silva en Cicerón (vale, quizá he hiperbolizado, pero ustedes ya me entienden). Los bandos (gregarios, odiosos, cainitas, refractarios al pensamiento libre: así se organizan estas tertulias) están en la mayoría de ocasiones tan desigualados como un combate imposible entre Joe Frazier y Peter Buckley, el considerado como peor boxeador de la historia.

Y allí, alrededor de una mesa o prescindiendo de ella en los casos más atrevidos, los contertulios se disponen como concursantes de Furor -ese lisérgico programa: historia muerta de la televisión-. Conviene destacar en este punto la atávica torpeza de los muy acomodados representantes “mediáticos” de la derecha española (eso que la izquierda y no sólo ella convino en llamar, en ocasiones acertadamente, caverna: lo que antes era el dóberman). Volviendo al caso del profesor Iglesias, éste ha conseguido millón y cuarto de votos en cuatro meses y éstos, pacatos, inocentes, enternecedoramente inocentes, se centran en la coleta, en la ropa de Alcampo y en demonizar a los medios que ofrecen una cámara a quienes consideren conveniente (éstos son responsables, qué duda cabe, de la frivolización de la política. No obstante, y ante un hecho consumado, dirigir las iras hacia el altavoz es de una inconsciencia rayana en lo obsceno). No se percatan de que cada argumento en esa dirección no hace sino movilizar a sus votantes y sumar a tantos otros. Lo de la luna y el dedo. En vez de someterse al esfuerzo de escudriñar, desmontar (intentarlo al menos) el programa electoral delirante de Podemos y preguntarle a su líder (mientras le dirigen el foco a los ojos como Edgar Hoover en sus tiempos mozos) quién va a pagar la barra libre de gasto público de un estado sin control directo sobre la política monetaria -¡la soberanía!, dirán algunos-, nuestros indas y marhuendas se dedican a la chanza. Parece que su guerra es muy otra: se centran en un PSOE que precisamente está enarbolando la bandera blanca. Una vez cometida la dejación de responsabilidad, nuestros engominados periodistas –ellos son también la Españaza que a mi amigo Guillermo y a servidor de usted nos apasiona tanto observar- renuncian a cualquier batalla intelectual y confían en que la inercia de la recuperación económica calme las aguas. Y sí, parece probable que cuando los datos microeconómicos sean favorables la mayor parte del centro-derecha vuelva a colocarse bajo la bandera de Génova. ¿A qué precio? Al de siempre: que la hegemonía cultural la tengan otros. Qué más dará, si al fin y al cabo el poder es suyo. Raymond Aron les azotaría con fruición valiéndose de El opio de los intelectuales.

Los contertulios de la izquierda, por el contrario, lo tienen más jodido. Sus escisiones aumentan, al contrario que lo que ocurre en una derecha más monolítica. El PSOE parece la orquesta del Titanic: su pasokización avanza a paso firme; ellos piden abrazos mientras coquetean con el populismo –el mayor enemigo de la verdad- y navegan las turbulentas aguas de la izquierda no socialdemócrata. Se antoja probable que no se hayan enterado de los dos axiomas de la política española: el primero es que entre el original y la copia siempre vencen los pata negra. El segundo, que las elecciones se ganan en el centro. En este brete sus representantes en los medios no saben si permanecer y adoptar un perfil bajo -¡el que se mueva no sale en la foto!:- o incursionar en uno de esos proyectos que la nueva –y, obviamente, verdadera- izquierda ha parido. Los que abandonen el redil volverán: la rebelión en la granja nunca será completa. Pronto empezarán a preguntarse entre ellos si son del Frente Judaico Popular o del Frente Popular de Judea.

Del mismo modo que la clase política de un país –me niego a hablar de la casta- es un reflejo de la sociedad –sí, siento la desilusión: sí nos representan-, lo mismo ocurre con nuestros contertulios –imaginen por un momento un gobierno de estos todólogos. ¿Sienten el escalofrío?-. Los últimos, al gozar de una presencia continua en los medios y vivir en una época de bombardeo informativo –hay que vivir en la isla de John Donne para permanecer aislado a él-, tienen incluso mayor responsabilidad en la percepción de la actualidad del españolito medio. Y, conociendo su poder y salvo contadas excepciones, nuestros contertulios se encargan de alimentar a la bestia. Reniegan de su responsabilidad y optan por azuzar a los incondicionales valiéndose de argumentos que se sirven más de las entrañas que del cerebro –tengan cuidado con los sentimentales: ya avisó Kundera de su peligro-. Eso, y no otra cosa, es lo que hacen cada mediodía, cada sábado por la noche y cuando se les presenta ocasión. Pero incluso para ser Rush Limbaugh hace falta talento.

He hablado más arriba de la aldea gala de Astérix no dominada por los romanos. También hay en el mundo de las tertulias sitios recónditos y agradables donde uno busca –y encuentra- sosiego. Conversaciones que espolean el razonamiento de quienes las escuchan. Que llevan incluso a aplaudir sin que regidor alguno lo indique –aquí otra figura apasionante, la del espectador hecho carne en los platós de tertulias: jalea con entusiasmo un argumento y el contrario en el tiempo que tarda en digerir el bocadillo que ha recibido como estipendio-. Me permitirá el lector no revelar a cuáles me refiero: cuando un fenómeno se masifica pierde sus virtudes prístinas.

Llegará un día en el que la mitad de las tertulias políticas del país pasarán a segundo plano. Algunas incluso desaparecerán. Ese, y no otro momento, marcará el fin de la crisis. Porque, no se engañen, se trata de pinchar burbujas. Y aquí hemos tenido muchas

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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