Las vergüenzas de Escocia

Uno de los mayores misterios de la humanidad es qué llevan los escoceses debajo de la falda. Algo que muchas personas se niegan a saber por el escándalo que les supondría la respuesta, porque este misterio es algo tan fácil de resolver como preguntarle al hombre que veamos con tal prenda que si de verdad es un escocés de pura cepa, nada de levantarle la falda, o utilizar un espejo o una cámara. Ante tal pregunta, el sujeto se dará la espalda y levantará lo que tú llamas falda. Si al levantársela eres capaz de ver sus posaderas, pasará a llamarse kilt y, si lleva ropa interior, es un hombre con falda y una vergüenza para los de su casta. También puedes hacerle la pregunta a un escocés que lleve varios whiskys en un pub y conocer así lo que es el orgullo de Escocia. Aunque puede que para ti sea una vergüenza.

Pero si hay algo que de verdad es una vergüenza para toda Escocia eso es Calton Hill. Esta colina situada al final de Princes Street en Edimburgo siempre ha tenido un gran papel en la historia de la capital. Escocia es un país muy supersticioso y creyente de todo lo sobrenatural. Durante siglos, en esta colina se realizaron las ejecuciones públicas de las brujas que supuestamente –no porque quiera quitarle credibilidad a la versión escocesa de La Inquisición, sino porque los tres requisitos que un brujo o bruja tenía eran tener una marca de nacimiento, ser pelirrojo (¡en Escocia!) o tener un tercer pezón– habitaban en la ciudad. Y con cumplir únicamente uno de los tres ya eras sentenciado a muerte. Así que los habitantes de la vieja ciudad de Edimburgo disfrutaban de quemas de brujas en la colina de Calton Hill cada día.

partenon edimburgo

Con el nacimiento del filósofo David Hume en la ciudad y la posterior fama que obtuvo Edimburgo entre los ilustrados de la época, muchos comenzaron a considerarla la Atenas del siglo XVIII. Los escoceses son muy suyos, son los vascos del Reino Unido, por lo que cuando oyeron que por ahí consideraban a Edimburgo la nueva Atenas, se les encendió la bombilla y decidieron construir el Partenón. Sí, una réplica del Partenón griego es lo que podemos ver desde cualquier punto de la ciudad si miramos a Calton Hill. Pero un proyecto de tales dimensiones conlleva mucho gasto, y el Ayuntamiento de Edimburgo se quedó sin dinero en las arcas a mitad de su construcción. Con ocho columnas en pie, este monumento a los caídos ante Napoleón no fue finalizado ya que la única solución que había ante el problema de las arcas vacías, era la propuesta que les hacía su vecina Glasgow: ellos pagarían el resto de la obra, pero puede más el orgullo, y Edimburgo no podía permitir que su eterna rival se apiadara de tal modo de ellos, por lo que el sueño de Atenas quedó en ese pegote que, por muy clásico que sea, no acaba de encajar en la elegancia del resto de la ciudad.

Los edinburries tienen una tradición que se repite día a día (excepto en domingo) desde tiempos inmemoriables: a la una en punto se lanzaba un cañonazo desde el castillo de Edimburgo que indicaba así a la gente de la ciudad y a los marineros qué hora era, y servía para sincronizar los relojes (la puntualidad británica tenía que venir de alguna parte). Pero el castillo, que se encuentra en la zona centro de la ciudad, se encuentra a cierta distancia del mar, con lo que los marineros tenían difícil el escuchar el cañonazo que indicaba la hora, y aquí es cuando a los escoceses se les encendió la bombilla de nuevo. Por muy escoceses que los escoceses sean, y aunque les cueste admitirlo, son también británicos; y ese británico que todos llevan dentro se despertó para dar forma al monumento a Nelson. En la parte de arriba de esta torre colocaron una cruz blanca con una bola con la que se pretendía indicar a los marineros que era la una del mediodía, ya que pensaban que al estar la torre situada en una colina, desde el puerto podrían ver descender esta bola indicándoles la hora. El problema es que no contaron con un inconveniente bastante común en Escocia: la niebla que tan a menudo cubre la ciudad imposibilitaba muy a menudo la visualización de la bola del monumento a Nelson, por lo que se abortó el uso de esta señal para indicar a los marineros la hora.

800px-Edinburgh_Calton_Hill

Volviendo a la Ilustración y lo que ello conllevaba, nos encontramos con un observatorio para poder estudiar los cielos. Seguramente pensaron que situándolo en una colina, estaría bien posicionado, pero la contaminación lumínica de Edimburgo y el hecho de que Calton Hill esté justamente situada en la mitad de Edimburgo, impidieron cualquier intento de observar las estrellas, trasladando el observatorio a Blackford Hill, un sitio mucho más apropiado para su labor.

Estos tres fracasos situados en tan pocos metros cuadrados, son la vergüenza no de la ciudad, sino del país, y aunque embellecen el paisaje y atraen a muchos turistas, los habitantes de Edimburgo suben allí únicamente a tumbarse el sol cuando son afortunados de disfrutarlo o a pasear a sus perros. Muchos dicen que estas construcciones se deben a la maldición de alguna bruja que fue condenada y ejecutada en la colina. Respeto esa creencia, aunque yo soy más partidaria de que en realidad la culpa es del Ayuntamiento de Edimburgo que permitió gastar el dinero de los contribuyentes en las ideas de bombero de algún que otro iluminado a lo largo de los años.

Miriam Villazón Valbuena | @miriamvillazon

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s