Viaje a la 0’1

Corría el minuto 92 como si el segundero fuera el ultra más radical del Atlético. O eso me parecía a mí. Habían pasado ya 57 minutos de partido desde que Casillas había hecho su puesta en escena para pelear por el próximo Grammy, y el Madrid estaba inmerso en uno de esos asedios finales que le caracterizan. Esa noche no tanto por casta, sino por no haber hecho antes el trabajo. Despeja el Atleti a córner un balón aéreo que iba a recibir Modric, siendo el mismo Luka quien recoge el esférico para sacar de esquina por primera o segunda vez en el partido. Todos los anteriores los había botado Di María como si no se estuviera jugando un título en cada córner. El croata, harto de aquello, apareció como aparece una madre cuando no encuentras algo que buscas: sabiendo que ella puede hacerlo bien y solucionarlo todo, pero dejándote a ti intentarlo hasta el final. Salió el balón con rosca de las botas de quien entonces lucía todavía una elegante melena rubia. Con tranquilidad, como quien no quiere entrar a cabezazos en la historia del Madrid, y haciendo un esfuerzo sobrehumano por levantar sus sacrosantos genitales a un metro y medio del suelo, fue a recogerlo Ramos esquivando atléticos a su paso. Lisboa entera dejó de respirar, que yo me di cuenta, para que el de Camas hundiera a la mitad de la capital de Portugal, y resucitara a la otra mitad. Lo último que recuerdo hasta la prórroga, es a Courtois siendo el mejor espectador del gol que pienso guardar donde guardo la volea de Zidane. Un cabezazo impecable que dio al Madrid la oportunidad (que aprovechó) de pelear 30 minutos más. Porque Ramos es quien maneja el espacio y el tiempo. Quien controla. Quien te da y quien te quita. Quien podría haberse auto expulsado por dejarse el IQ en el hotel, te salva una final porque los galones sí que se los llevó al campo. Es DSRG, y hay que quererlo así. Lágrimas, bengalas, gritos en una Plaza Restauradores con una fanzone a reventar, dando saltos abrazado a Hortelano. El muy cabrón me pedía tranquilidad en la prórroga, y lo que yo era en ese momento ya no cabía dentro de los límites geopolíticos de Lisboa. Me arrodillé, di vueltas, recé algún padrenuestro, dos padresuyos, y hasta a Buda creo que recé. No sabía quién era ni dónde estaba. Carlos me miraba como si no se creyera lo que acababa de pasar. El final del partido ya es conocido por todos.

decima_madrid

Quizás no era buena señal que nuestro transporte saliera una hora tarde hacia Lisboa por mi culpa, pero no quise verme como un gafe. Me pasé el camino jugueteando con posibles alineaciones en mi cabeza, imaginando goles y jugadas, y viendo en un Vine a Costa correr como una yegua desbocada. Me quedaba la baza de que Arda no jugaba. Salvando el atasco a la entrada a Lisboa, y el coñazo de viajar apretados en un coche durante 5 horas, fue un viaje sin incidencias. Me tranquilicé cuando por fin vi aquel puente rojo lisboeta, que no había parado de ver en las fotos de los tuiteros que ya habían llegado. Nos bajamos en el Estadio Da Luz, y nos quedamos un rato mirándolo desde el césped de los alrededores antes de tomarnos alguna foto, después de comer. Allí pelearían en apenas 5 horas por la Décima, y aún no éramos conscientes de que estuvimos a punto de perderla. Que jóvenes y felices éramos.

En un infierno al que los autóctonos llaman ‘Metro de Lisboa’ llegamos a la fanzone, donde había aparecido de la nada y contra todo pronóstico, una maravillosa pantalla. También una fantástica zona de recreo montada por la UEFA con otra pantalla más grande aún, zonas con videoconsolas donde especular con el futuro y el resultado de la final, y un partido de solteros contra casados en una cancha digna de anuncios de Nike. Allí vimos, cantamos, gritamos, nos quejamos, y lloramos a partes iguales. Y cuando se nos pasó la euforia, partimos hacia el autobús que nos llevaría a Madrid. Lo que pasó mientras esperábamos al autobús que lo cuente Hortelano si quiere, yo me niego. No he venido a esta crónica a contar cómo estuvimos de copas con Figo y Hierro, entre otros, en la fiesta privada del hotel de la UEFA. No voy a hacer declaraciones.

Ya llegados a Madrid la euforia no se relajó. Aun habiendo mal dormido en posiciones censuradas en algunos países, las ganas de celebrar aquel hecho histórico eran incontenibles. Anduvimos por aquella ciudad que cada día me gusta más, y esperamos el momento de ir al Bernabéu, sumando compañeros. Allí estábamos, un domingo por la tarde caminando a Chamartín, rodeados de mocitas madrileñas. Lo de la celebración no es nada que pueda contar aquí. Estuvo a otro nivel. Al nivel de quienes somos y lo que habíamos ganado. Mi reino porque ha habido aperturas de Juegos Olímpicos menos espectaculares. Un espectáculo de luces, globos, humo, cohetes e imágenes que Floper nos había montado a los mártires de estos doce años, por y para la Décima. Y el himno. El nuevo himno sin el que no sé cómo hemos ganado algo hasta ahora. Suena bonito cantado por decenas de miles de voces en el Bernabéu (hecho que no suele darse a menudo).

Amarga podría haber sido la despedida el lunes a pesar de todo, si no hubiera cerrado el viaje tomando un refrigerio con vistas al Bernabéu, en inmejorable compañía atlética.

Y nada más. Y nada más. Hala Madrid.

Mario Hidalgo | @SherlockBond_

 

Anuncios

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s