El empachado

No es en absoluto tarea fácil la de retratar una generación. Puede que se trate incluso de una labor inútil cuyas posibilidades de resultar fructífera escaseen. El más nítido ejemplo del vaticinado fracaso que se deriva de emprender semejante faena probablemente sea el de Ortega –siempre que se lea este apellido a secas cabe asociarlo a José Ortega y Gasset-, quien acuñó el término generación y lleva siendo denostado por ello desde entonces.

El despropósito que supone adjudicar a un colectivo de personas que comparten tiempo y espacio una serie de características lo evidencia la profecía cumplida de La rebelión de las masas. Aquellas masas son también estas. De hecho Ortega podría haber finalizado su ensayo con un pueril –aunque no menos certero- …y esto no ha hecho más que empezar. Aquel señorito satisfecho con derecho divino a la imposición de la más absoluta vulgaridad vive hoy más agitado que antaño. Y adormecer su voluntad de recreo y exhibicionismo de su condición fatal parece una batalla perdida.

Dinner for two
Es conveniente masticar antes de digerir, que decía mi madre. (Foto: flicker.com)

Es entonces estúpido dictar el acta de defunción de cualquier generación. El hombre –ignoro si el lobby feminista ha conseguido que la RAE deje de tolerar que se use esta palabra para englobar al género humano como se ha venido haciendo siempre- no ha cambiado, lo que sí ha sido moldeado tras verse acompañado de una multitud de similares mentes supinas. Y entonces el hombre-masa descubrió Internet, lo que no sirvió sino para ensanchar su estómago de ego-consumo. Querido lector, ya sabe usted qué han dado las redes sociales y colocarlo en una balanza no es la intención de esta pieza.

Hay quienes bienintencionadamente catalogan a la gente de estos tiempos como la generación digital. Intuyo que suponen que el mundo de las telecomunicaciones sufrirá un notable retroceso y prescindiremos en unos años de Internet, los aviones, Twitter -¡twitter!- y así hasta conservar como mucho el walkie-talkie. ¿Acaso queda algo que no sea ya digital? Las facultades de comunicación incluyen una –una y no más- asignatura a las acabanzas de la carrera llamada periodismo digital, cómo si existiese a día de hoy algún tipo de periodismo que funcionase sin lo digital.

Parece que no avanzamos y que se nos escapa la definición generacional. Empero, lo que sí hay que reconocerle a la tecnología –ese horrible sintagma de nuevas tecnologías es ya un arcaísmo- es el poder de incrementar la capacidad de almacenamiento inútil a los hombres. Y puede que ahí esté la clave que dé con la respuesta de qué comparten hoy los individuos. La capacidad de consumir ingentes pseudo-conceptos y servirse de ellos para proclamar la verdad de las verdades de las gentes de hoy es más grande que nunca. Es irremediable que ante tal facilidad para saciar el apetito con lo que primero que caiga el hombre de hoy sea el hombre empachado.

Seguro que usted lo ha visto alguna vez. El empachado camina por la vida con un malestar contagioso, sea precavido siempre que se cruce con él. El empachado tiene ahora al alcance de la mano la cultura y el conocimiento infinitamente troceados y clasificados por colores elementales, como si de un buffet libre se tratara. Lo habrá visto usted llegar ansioso a tal banquete y arrasar con un poco de cada cosa cosechando en su interior una perfecta indigestión de tanto cambiar de alimento. Inmediatamente después de su atracón, el empachado cree conocer todos y cada uno de cuantos sabores existen y para su sorpresa y asombro, querido lector, ya ha elegido cuales son los mejores. Usted debe estar de acuerdo con él. En caso contrario, el empachado, que cuenta con una predisposición al vómito mucho más alta de la que usted pueda soñar alcanzar, comenzará a escupirle -sin preocupación por resultar desagradable- su intoxicado manjar hasta que usted no pueda sino resignarse al comprobar cuán inútil resulta razonar con el empachado.

Food
El empachado tiene ahora al alcance de la mano la cultura y el conocimiento infinitamente troceados y clasificados por colores elementales, como si de un buffet libre se tratara. (Foto :flickr.com)

Piense usted cada vez que alguien realiza un juicio de valor con la mayor de las contundencias. (A menudo el empachado, fruto del mal humor que le produce el ardor de estómago, utiliza palabrotas e insultos: mantenga la calma). Esos gruñidos a modo de sentencia que emite todo empachado no son más que fruto de un pica-pica de conceptos vanos, si escarba un poco más verá que tras la superficie del sujeto no hay contenido alguno.

Llegados a este punto debería tener usted en mente a unos cuantos empachados. Son ellos, en efecto: atiborrados de comida y sin alimentarse, recurrirán a un atraco tras otro. Es lo que conlleva vivir con todo tan accesible. ¿Quiere usted una opinión sobre la reforma de la ley del aborto? Los periódicos le explican en cuatro frases –cuatro caramelos- la perversidad o la buena fe de quien la promueve, y a seguir con el festín. Jamás verá a un empachado afirmar que carece de opinión ante asunto alguno.

Tampoco cabe achacar a ninguna teoría darwinista este fenómeno, no hemos cambiado en absoluto. Séneca ya advertía en sus cartas a Lucilio de los peligros de la ingesta en cantidades masivas a que tanta predisposición tiene el estómago humano. Jamás podrá usted leer todo lo escrito, concentre sus energías para aprovechar mejor lo digerido. No dude que incluso el salvaje comedor Tyrion Lannister intuía, antes de toda heroica conquista, que los empachos no son buenos, ni siquiera para la más elemental de las faenas.

Andrea Martínez Molina | @andreamarmol_

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3 Comments

  1. Estoy de acuerdo con las ideas generales apuntadas en tu artículo. Como de costumbre desarrolladas con habilidad, y haciendo gala de ese fantástico (y casi diría que insólito) fondo de cultura literaria que tienes. Aunque de nuevo con un estilo un poco ampuloso en ocasiones, que dificulta la lectura de alguna frase.

    Bien. Yo también creo que el hombre-masa actual es una especie de versión hipertrofiada del que ya describió Ortega hace más de 80 años.

    Este hombre-masa de hoy día, al igual que el de 1930, desconoce la historia o la conoce solo superficialmente y hace de ella un filtrado sectario. Es incapaz de reconstruirla en su mente con un detalle suficiente que le permita reconocer el esforzado origen de las actuales estructuras de la sociedad o la cultura. Y aquí he de incluir, por desgracia, a la generación más joven, esa teóricamente tan bien formada. Es evidente un abierto desprecio hacia el difícil itinerario que nos ha llevado hasta aquí, a conseguir lo mucho o poco que tenemos. En especial en España.

    Por aquí muchos somos tuiteros, pasamos horas en Twitter, y ya vemos de qué palo va la mayoría de la gente. Y aquí no son necesarias etiquetas generacionales. Consideremos el caso de España y de Cataluña, con especial atención al desgraciado momento político que vivimos. Cada día contemplamos (en Twitter, pero también fuera) como todo tipo de personajes se dedica, por ejemplo, a impartir frívolas lecciones retrospectivas a los protagonistas de la Transición española. Cuando no a rajar abierta y groseramente de todos ellos.

    Una digresión. Situémonos mentalmente en 1975: grave crisis económica mundial. Con un trasfondo de paro y recesión económica, afrontábamos una delicada operación política: un intento de tránsito a la democracia, parecido al de 1931. Al igual que entonces, el patrón se repetía: ambicioso intento de reforma política con una crisis económica mundial y su consecuente sufrimiento económico. Imposible no recordar todo esto en 1975, imposible no pensar que podíamos volver a fracasar, que podía volver a repetirse la tragedia de nuevo.

    Afortunadamente, nada de eso sucedió. Tuvimos la fortuna de contar con la presencia en primera línea (por una vez) de una serie de hombres (uno de ellos en particular: Suárez) que supieron conjugar la astucia con la valentía y el arrojo. Como sobre un complicado y nervioso tablero dieron los pasos adecuados para llevar a cabo, a pesar de la innegable dificultad, lo único viable y realista en aquel momento: una gradual reforma no rupturista, que nos condujese a una democracia más o menos homologable. Los fundamentos de esa reforma llevaban tiempo desarrollándose: la expansión económica de los 60 nos convirtió en una moderna sociedad de consumo, haciendo posible el posterior cambio político ¿Alguien ha reconocido en España, no digamos ya en Cataluña, como no sea con la boca pequeña, el papel crucial de los impulsores del Plan De Estabilización del 59, sin el cual nada hubiese sido posible? Yo creo que nadie.

    (Debo confesar que me irrita especialmente, al hilo de lo que aquí analizamos, el actual clima político catalán. El desprecio casi generalizado (interesadamente inculcado por ya sabemos quienes) que el común de la población -de nuevo el hombre-masa- siente hacia ese momento tan inteligente y brillante de nuestra historia.: el periodo 1976-86. Incluida la muy responsable gestión del primer PSOE).

    En nuestro país este hombre-masa, que ignora y/o desprecia lo anterior, no ha hecho más que acrecentarse a lo largo de las últimas décadas. De hecho es el mismo que en 1930, como bien apuntas. Ha aumentado su tamaño sin perder ninguno de sus vicios. Su saber, cuando existe, es puramente especializado, vagamente profesional, es un sujeto siempre presentista, que como decimos desprecia la historia, de la que solo conoce rudimentos, y llega así a construirse su personal filtrado sectario. Y ahora es capaz de hacer oír su voz de una manera mucho más ensordecedora que en época de Ortega, sirviéndose de nuevos y potentes altavoces. La tecnología digital y las RRSS le permiten echar aquí y allá su “vómito no digerido”, como tú lo llamas. También influye la propia cultura de la época. Este blando postmodernismo que todo lo nivela, que dictamine que toda opinión es valiosa y atendible. Eso facilita más aún si cabe que el hombre-masa nos vierta encima cada día todo su magma no digerido, a veces repulsivo.

    Ya decía tu admirado Ortega que la aparición del hombre-masa era debida a una falta de armonía entre el progreso técnico y el progreso humano. Esa disonancia era la que convertía al hombre masa (con su flamante protagonismo en la historia, con su irrupción en ella), en algo temible. Ese hombre masa, como dices, lo devora todo como un bebé pentagruélico, pero sin digerirlo ni asimilarlo. Lo mastica distraídamente, hace con ello un bolo, una masilla y lo escupe agresivamente. No lo asimila ni metaboliza, porque entre otras razones, nadie le ha dado capacidad de hacerlo.

    ¿Cómo se resuelve todo esto? Me temo que no voy a ser nada original: Con leyes y métodos educativos favorecedores de la individualidad crítica, que potencien en la Educación y en el itinerario curricular una potente base textual , que es en último término la que mejor orgina la capacidad de pensamiento abstracto y crítico. Pero, alas, todos sabemos que no es ese el objetivo de las élites extractivas que controlan el Estado y el sistema partitocrático. En el futuro, las reformas educativas seguirán siendo el habitual campo de batalla sectario de ideologías, esas que a muchos no nos interesan y hasta hastían. Seguirán primando planteamientos gregarios por los que muchos no sentimos sino desprecio.

    Y el hombre-masa ahí seguirá. En circuito simbiótico con el propio Estado. Instrumentalizado por él y a un tiempo, de algún modo, dominándolo. Autosatisfecho. Nuevo, como Adán al despertarse, vamos. El mundo nace con él. Supurando desprecio en todas direcciones. Picoteando aquí y allá saberes gracias a la potente tecnología digital, pero incapaz de metabolizarlos, no más allá de la expresión verbal de su insuficiencia y su medianía, la misma que señaló Ortega. Incapaz de construir nada.

    A pesar de la criminalización del concepto, me considero un individualista convencido y para mí la única “salvación” es la individual. Mi única preocupación política profunda y auténtica es la supervivencia de la democracia liberal, o al menos de un mínimo de sus estructuras básicas. Que asegure el libre mercado y un desarrollo tecnológico ininterrumpido. A partir de aquí, y ya sé que esto sonará insolidario (casi grosero), que cada palo aguante su vela.

    Frente al macro-mundo, a mi me interesa ante todo el micro-mundo. Mi pequeño mundo como individuo y el de mis seres cercanos, que me importan muchísimo, el de aquellas personas que he individualizado. Creo que eso es todo lo que un ser humano medio, más allá de ínfulas morales impostadas, es real y honestamente capaz de abarcar.

    A ver. Me ha salido un comentario tal vez un pelín largo. Pero escribo como hablo. A borbotones.

    Venga. Saludos y felicidades por tu escrito. Por este y por los que vendrán. Por los que ya escribes en El País. Ahí es nada. Me alegro mucho (y creo que sabes que no hablo por hablar) de tu magnífica proyección.

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  2. Estoy de acuerdo con las ideas generales apuntadas en tu artículo. Como de costumbre desarrolladas con habilidad, y haciendo gala de ese fantástico (y casi diría que insólito) fondo de cultura literaria que tienes. Aunque de nuevo con un estilo un poco ampuloso en ocasiones, que dificulta la lectura de alguna frase.

    Bien. Yo también creo que el hombre-masa actual es una especie de versión hipertrofiada del que ya describió Ortega hace más de 80 años.

    Este hombre-masa de hoy día, al igual que el de 1930, desconoce la historia o la conoce solo superficialmente y hace de ella un filtrado sectario. Es incapaz de reconstruirla en su mente con un detalle suficiente que le permita reconocer el esforzado origen de las actuales estructuras de la sociedad o la cultura. Y aquí he de incluir, por desgracia, a la generación más joven, esa teóricamente tan bien formada. Es evidente un abierto desprecio hacia el difícil itinerario que nos ha llevado hasta aquí, a conseguir lo mucho o poco que tenemos. En especial en España.

    Por aquí muchos somos tuiteros, pasamos horas en Twitter, y ya vemos de qué palo va la mayoría de la gente. Y aquí no son necesarias etiquetas generacionales. Consideremos el caso de España y de Cataluña, con especial atención al desgraciado momento político que vivimos. Cada día contemplamos (en Twitter, pero también fuera) como todo tipo de personajes se dedica, por ejemplo, a impartir frívolas lecciones retrospectivas a los protagonistas de la Transición española. Cuando no a rajar abierta y groseramente de todos ellos.

    Una digresión. Situémonos mentalmente en 1975: grave crisis económica mundial. Con un trasfondo de paro y recesión económica, afrontábamos una delicada operación política: un intento de tránsito a la democracia, parecido al de 1931. Al igual que entonces, el patrón se repetía: ambicioso intento de reforma política con una crisis económica mundial y su consecuente sufrimiento económico. Imposible no recordar todo esto en 1975, imposible no pensar que podíamos volver a fracasar, que podía volver a repetirse la tragedia de nuevo.

    Afortunadamente, nada de eso sucedió. Tuvimos la fortuna de contar con la presencia en primera línea (por una vez) de una serie de hombres (uno de ellos en particular: Suárez) que supieron conjugar la astucia con la valentía y el arrojo. Como sobre un complicado y nervioso tablero dieron los pasos adecuados para llevar a cabo, a pesar de la innegable dificultad, lo único viable y realista en aquel momento: una gradual reforma no rupturista, que nos condujese a una democracia más o menos homologable. Los fundamentos de esa reforma llevaban tiempo desarrollándose: la expansión económica de los 60 nos convirtió en una moderna sociedad de consumo, haciendo posible el posterior cambio político ¿Alguien ha reconocido en España, no digamos ya en Cataluña, como no sea con la boca pequeña, el papel crucial de los impulsores del Plan De Estabilización del 59, sin el cual nada hubiese sido posible? Yo creo que nadie.

    (Debo confesar que me irrita especialmente, al hilo de lo que aquí analizamos, el actual clima político catalán. El desprecio casi generalizado (interesadamente inculcado por ya sabemos quienes) que el común de la población -de nuevo el hombre-masa- siente hacia ese momento tan inteligente y brillante de nuestra historia.: el periodo 1976-86. Incluida la muy responsable gestión del primer PSOE).

    En nuestro país este hombre-masa, que ignora y/o desprecia lo anterior, no ha hecho más que acrecentarse a lo largo de las últimas décadas. De hecho es el mismo que en 1930, como bien apuntas. Ha aumentado su tamaño sin perder ninguno de sus vicios. Su saber, cuando existe, es puramente especializado, vagamente profesional, es un sujeto siempre presentista, que como decimos desprecia la historia, de la que solo conoce rudimentos, y llega así a construirse su personal filtrado sectario. Y ahora es capaz de hacer oír su voz de una manera mucho más ensordecedora que en época de Ortega, sirviéndose de nuevos y potentes altavoces. La tecnología digital y las RRSS le permiten echar aquí y allá su “vómito no digerido”, como tú lo llamas. También influye la propia cultura de la época. Este blando postmodernismo que todo lo nivela, que dictamine que toda opinión es valiosa y atendible. Eso facilita más aún si cabe que el hombre-masa nos vierta encima cada día todo su magma no digerido, a veces repulsivo.

    Ya decía tu admirado Ortega que la aparición del hombre-masa era debida a una falta de armonía entre el progreso técnico y el progreso humano. Esa disonancia era la que convertía al hombre masa (con su flamante protagonismo en la historia, con su irrupción en ella), en algo temible. Ese hombre masa, como dices, lo devora todo como un bebé pentagruélico, pero sin digerirlo ni asimilarlo. Lo mastica distraídamente, hace con ello un bolo, una masilla y lo escupe agresivamente. No lo asimila ni metaboliza, porque entre otras razones, nadie le ha dado capacidad de hacerlo.

    ¿Cómo se resuelve todo esto? Me temo que no voy a ser nada original: Con leyes y métodos educativos favorecedores de la individualidad crítica, que potencien en la Educación y en el itinerario curricular una potente base textual , que es en último término la que mejor orgina la capacidad de pensamiento abstracto y crítico. Pero, alas, todos sabemos que no es ese el objetivo de las élites extractivas que controlan el Estado y el sistema partitocrático. En el futuro, las reformas educativas seguirán siendo el habitual campo de batalla sectario de ideologías, esas que a muchos no nos interesan y hasta hastían. Seguirán primando planteamientos gregarios por los que muchos no sentimos sino desprecio.

    Y el hombre-masa ahí seguirá. En circuito simbiótico con el propio Estado. Instrumentalizado por él y a un tiempo, de algún modo, dominándolo. Autosatisfecho. Nuevo, como Adán al despertarse, vamos. El mundo nace con él. Supurando desprecio en todas direcciones. Picoteando aquí y allá saberes gracias a la potente tecnología digital, pero incapaz de metabolizarlos, no más allá de la expresión verbal de su insuficiencia y su medianía, la misma que señaló Ortega. Incapaz de construir nada.

    A pesar de la criminalización del concepto, me considero un individualista convencido y para mí la única "salvación" es la individual. Mi única preocupación política profunda y auténtica es la supervivencia de la democracia liberal, o al menos de un mínimo de sus estructuras básicas. Que asegure el libre mercado y un desarrollo tecnológico ininterrumpido. A partir de aquí, y ya sé que esto sonará insolidario (casi grosero), que cada palo aguante su vela.

    Frente al macro-mundo, a mi me interesa ante todo el micro-mundo. Mi pequeño mundo como individuo y el de mis seres cercanos, que me importan muchísimo, el de aquellas personas que he individualizado. Creo que eso es todo lo que un ser humano medio, más allá de ínfulas morales impostadas, es real y honestamente capaz de abarcar.

    A ver. Me ha salido un comentario tal vez un pelín largo. Pero escribo como hablo. A borbotones.

    Venga. Saludos y felicidades por tu escrito. Por este y por los que vendrán. Por los que ya escribes en El País. Ahí es nada. Me alegro mucho (y creo que sabes que no hablo por hablar) de tu magnífica proyección.

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