Sólo firmamentos

Un día, Stendhal visitó la Basílica de la Santa Croce en Florencia, y luego diría que durante ese rato había alcanzado “el punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados”. No está mal. Cuando yo visité la Santa Croce, sólo me pareció una iglesia muy bonita. Ése era Stendhal definiendo el stendhalazo, el golpe de belleza supremo. Se trata de una descripción que transita más bien por caminos etéreos, volátiles, pero el golpe de belleza hunde sus raíces en lo fisiológico. Yo no sé cómo lo sentís vosotros, y tampoco tengo del todo claro cómo lo siento yo, pero puedo intentar aproximarme, a mi manera.

Partimos de que estás encendido y permeable. No eres consciente, pero lo estás, y aunque eso no garantiza nada, suele ser fundamental para que pasen cosas. Lunes nada, ni martes, ni miércoles. Es lo normal, tampoco se trata de ir por la calle esperando el stendhalazo, que eso es como apuntar “hoy tampoco he encontrado el amor” en tu diario. Viene cuando viene. Jueves, nada. Y de repente, el viernes por la tarde, tomando un café en el Bar Tebas, al lado de casa, ojeas un cuadernillo que te has llevado. Ahí tienes apuntadas frases random de libros que te gustaron, y también de libros que no te gustaron. Das el último sorbo a la taza y abres el cuadernillo por la mitad, más o menos.

Es la parte de la libreta con versos de Emily Dickinson. Qué mujer. Estoy convencido de que una quinceañera estándar de nuestros días ha tenido más acción amorosa de la que Emily tuvo en toda su vida. Sin embargo, Emily, recluida durante casi toda su vida en su casa familiar de Amherst (Massachussets), sin relaciones conocidas más allá de algún escarceo que no llegó a mucho, sabe las cosas. “En mi flor me he escondido”, dice, pero ella lo sabe todo acerca de la ternura, del altruismo; conoce cuáles son los gestos necesarios. La dulzura brota en ella de manera natural, y precisamente porque da un paso al lado, se aísla y no se contamina, su amor nunca deja de crecer.

Foto: Wikipedia
Foto: Wikipedia

Ese contraste entre lo experimentado y lo sentido me emociona. Vuelvo una página y me encuentro con este poema:

Mi cesta sólo lleva firmamentos;
éstos cuelgan ligeros, de mi brazo.
No puedo con bultos más pequeños.

Apenas sale de su habitación, apenas tiene trato con nadie, pero en su cesta no cabe nada de menor tamaño que un firmamento. Es precioso eso. La imagino entonces sentada en su escritorio, muy recta, vestida de oscuro, muchas capas, conservadora… pero con decenas de objetos volando por su habitación (¡lapiceros! ¡blusas!) y describiendo órbitas centelleantes. “Mi cesta sólo lleva firmamentos”; esa frase se mete bajo mi piel, advierto cómo sube una marea en mi interior y siento el golpe de belleza. La masa de aire fría proveniente del exterior se encuentra con la corriente cálida que ya llevamos de serie, se mezclan, se forma un batiburrillo, cogen velocidad, empiezan a girar y de repente te sientes capaz de arrasar todo Oklahoma.

Es un golpe cuyo inicio, en mi caso, se localiza en la boca del estómago. Es como si el brujo calvo de ‘El templo maldito’ te metiera el puño en el abdomen, pero con suavidad, para hacerte cosquillas, sin la violencia de la peli. Yo creo que ahí empieza. Lo que pasa es que en el cuerpo hay muchas conexiones misteriosas, y de repente florecen determinadas zonas, se activa un tendido eléctrico subcutáneo por la espalda, y comienza a extenderse un calambre generalizado. Esta fase es la que más disfrutas. Es como una procesión de hormigas que arranca de la nuca y baja muy rápido por toda la espina dorsal. Te estremeces. Son segundos de optimismo, como los que siguen a un orgasmo. La belleza te atraviesa, y de qué no, de qué no te ves capaz durantes esos instantes. El mundo no es un lugar tan malo y han sido abolidas las señales de prohibido. Emily lleva 128 años bajo tierra, pero tenían razón: esto era la inmortalidad, que de algo que ella garabateó hace más de un siglo broten flores eternas, y que esas letras enciendan algo en la espalda de un chico de un sitio llamado Murcia (¡Murcia!).

Paso otra página de mi cuaderno, y aunque sigue siendo mi letra, tengo la sensación de que esta vez las líneas que encuentro las ha escrito Emily, no sé cómo, para confirmarme que sabe lo que he sentido durante este café, leyéndola, y para reivindicar con orgullo el significado de todas aquellas tardes de primavera que pasó encerrada en su habitación:

Si consigo evitar que un corazón se rompa, no habré vivido en vano. Si consigo aliviar el dolor de una vida o calmar una pena, o tan sólo que vuelva el petirrojo desvalido a su nido, no habré vivido en vano.

Luís María Valero | @Mondo_Moyano

Anuncios

2 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s