La dama de Camelot

 

Nació mes y medio antes de lo previsto en Southampton, estado de Nueva York, en el seno de una familia de clase alta que se vanagloriaba de proceder de la aristocracia francesa. La fiesta de su segundo cumpleaños fue narrada en un periódico local. Fue el ojo derecho de un padre que la quiso a su imagen y semejanza. Despierta y soñadora –los libros fueron, desde pequeña, una vía de escape de esa casa (hogar sería un innecesario alarde de generosidad) de gritos y de un mundo que la abatía-, a temprana edad comenzó a cultivar la actitud frívola que se intuyó –o directamente se conoció- en su edad adulta. Su madre, displicente y tiránica, se fue a vivir con un escocés con pretensiones tras divorciarse de su marido -el padre de la protagonista de estas líneas-.

Se aburría con la mayoría de relaciones humanas. El amor y el sexo eran muy secundarios para ella. Su abulia rozaba el paroxismo cuando de estar entre americanos convencionales, arribistas e inanes se trataba (esa gente que años más tarde retratarían magistralmente Truman Capote y Tom Wolfe –otra prueba más de que el cinismo suele ser virtud en los escritores-). Creía que nadie estaba a su altura, y quizá tenía razón. Estaba en el mundo para jugar, con todo lo que ello conllevaba: la derrota era una opción a contemplar, pero si se produjera sería únicamente responsabilidad suya. La condescendencia y la conmiseración de otros para con ella la repugnaban.

Quiso ser periodista, y cuando le dieron la oportunidad para demostrar sus dotes dejó de quererlo. Y con ello creo que perdimos un talento interesante en esa faceta. Mientras escribo estas líneas me acuerdo de su contemporánea Oriana Fallaci, de la terrible y magnífica florentina: hubieran formado una dupla temible. Como la BBC del Madrid pero sin la C –disculpen la frivolidad; yo también me arrepiento de ella: vuelvo al tema-.

Madison Ave.

Con 22 años un hombre despierta su interés. Excombatiente en la Segunda Guerra Mundial y graduado en Relaciones Internacionales tras realizar una tesis sobre la vergonzante política de apaciguamiento del Reino Unido -culminada con la luctuosa entrega de los Sudetes-, es el único de su género que ha conseguido romper el muro y entrar en la dichosa torre de marfil. Se casa con él. Hace campaña política con él, primero para el senado, luego para la presidencia de los Estados Unidos. Triunfan. Se convierte en primera dama de su país y, según un reciente estudio del Siena College, universidad privada del condado de Albany, NY, realiza su labor de forma sobresaliente: es la tercera flotus mejor valorada tras Eleanor Roosevelt, la mujer de las uvas de la ira, y Abigail Adams. Se destaca en dicho trabajo su legado, su capacidad para gestionar la vida familiar durante el tiempo que habitó en la Casa Blanca –lugar cuyo estilo revolucionó para acomodarlo a sus gustos- y su poder de comunicación.

Conversó con Tennesse Williams. Conoció a André Malraux, el ministro de cultura del gobierno francés durante la presidencia de su admirado Charles de Gaulle. Malraux, el gran escritor y también el hombre que pervirtió el concepto de cultura estatalizándolo. Escuchó el rasgar de las cuerdas del cello de Pau Casals haciendo sonar El cant dels ocells. Supo de Marilyn, quién sabe si de Pennsylvania Avenue, daba igual: había asumido su papel.

El sueño de Pennsylvania Avenue se trunca a dos mil kilómetros, en Dallas. Ella llevaba un vestido rosa y recorría una calle cualquiera junto a su marido en un Lincoln descapotable. El resto de la historia es conocida. Durante esos terribles días en los que la paranoia se apropió de ella otro hombre estuvo a su lado: un griego llamado Aristoteles Onassis y que cambió a la Callas por ella. Se casaron, se aislaron en la isla de Skorpios y allí fueron felices. No duró mucho el idilio: pasaron del amor (quizá del cariño, quizá del saberse mutuamente acompañados) al rechazo e incluso al odio cuando entró en liza el dinero.

Compartió catorce años, hasta el final de su vida, con un comerciante de diamantes llamado Maurice Tempelsman. Un apartamento de la Quinta Avenida de Nueva York fue testigo de ello. No fue su tercer marido, pues como había dicho ella “la primera vez te casas por amor, la segunda por dinero y la tercera por compasión”: no la jodamos más. Esto último es mío.

Hace hoy veinte años Jacqueline Bouvier Kennedy Onassis fallecía tras padecer un cáncer linfático. La maldición que persiguió –y persigue- a los Kennedy fue también suya, si bien salió moderadamente indemne de ella. Sus restos descansan en Arlington junto a los de JFK: juntos encarnaron un nuevo estilo en la política de los Estados Unidos y una ruptura, al menos pretendida, con lo conocido hasta entonces.

Sheppard, una casa de subastas irlandesa, pondrá en puja el 10 de Junio la correspondencia que Jackie mantuvo durante catorce años con un sacerdote de Dublín. Quién tuviera un millón de euros.

Carlos Hortelano |@CarlosHortelano

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