Iniciales

Desde entonces he repetido este ardid literario muchas veces -sería gracioso que alguien las contase y las describiese- y hace no mucho se me presentó la necesidad de saber cómo se llama, o se podría llamar, esa forma de relación que no produce el que los afectados pudieran ser tenidos por colombroños o tocayos, ni sosias, ni compadres, ni vecinos, ni correligionarios, ni compatriotas, ni paisanos, ni conmilitores, ni compañeros, ni camaradas ni nada por ese dilatado y confuso estilo. ¿Qué son entonces? Lo consulté con algún sabio compañero de Academia, que también los hay y numerosos, y mi dilecto Emilio Lorenzo, a quien desde aquí proclamo mi gratitud, me sugirió que partiendo de la noción de la sigla muy bien pudiéramos llamar cosiglados o consiglantes. Desde el otro mundo, Catulino Jabalón Cenizo, con sus hechuras de hereje de provincias o de corredor de cross country retirado.

Patrón de los labradores. Cada uno a su manera, todos nos dedicamos a lo mismo. Conseguir un terrenito, enterarnos de qué se puede dar en él, sembrarlo, cuidarlo, esperar a que el tiempo haga su trabajo y recoger su fruto. Algunos, jeniales, llegan a hacerlo, a un tiempo, en dos, tres, a veces un sinfín, de terrenos distintos, de cultivos diferentes.

Don Camilo, ecce trail runner. (Foto: lavozdegalicia.es)
Don Camilo, ecce trail runner. (Foto: lavozdegalicia.es)

Así, sorprende lo que sembró Cela en uno de sus múltiples predios: personajes con los que compartir sus siglas. Cosiglados, como explica en el delirante extracto de un ABC de hace menos de dos décadas que he escogido para vigilarme esta vez. Y es que siempre me han interesado las iniciales, igual que a otros les preocupa el gran estallido, las cosas de Darwin o cón qué soñaban los dinosaurios. Letras que lo mismo lustran una carta que una camisa. Letras, además, que nadie elige. Me apostaría algo a que Ortega estaba pensando en ellas, cuando dijo lo de la famosa circunstancia. Yo soy yo y esas ele y te que me siglan. Siglo, luego existo.

Siglar es condensar, ahorrar espacio, ocultar información, afirmar, distraer. Me pregunto si tendrá algo que ver con mi estancia en Cataluña, mi fascinación por estos destilados del lenguaje. Personas reducidas a dos, tres letras. Siempre firmes junto a sus dos, tres puntos, dejando a cubierto a sus compañeros de nombre y apellido, codificando a su dueño. Lo mismo da un Catulino Jabalón Cenizo que un Camilo José Cela. O lo mismo un Luigi Tansillo, aquel colega de Garcilaso -una píldora del toledano para desgongorizar el ambiente- que un servidor.

Porque se sigla para simplificar, pero no hay nada más complejo que lo que se crea para facilitar. La sigla, en fin, es un comprimido de galleguidad. Una brevísima expresión que compendia, nada menos, una identidad. Un alter egolacónico, pues buscar la esencia, la formulación última, nos acerca a que se nos confunda con otro. Es un maravilloso peligro, pues permite maniobras como el cosiglado. Permite usar a nuestro Catulino particular, tenga o no «hechuras de hereje de provincias o de corredor de cross country retirado», y ponerlo a los mandos de los trapos sucios. Los mandos sucios.

Quién no sueña enviar al jefe, al compañero inútil o al vecino indeseable una notita de vez en cuando. «Eres imbécil, macho. L.T.» Y las reclamaciones, al maestro armero.

Luís Teira | @luisteira

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