El estante

Hace unos días, volví de mi viaje a Escocia y me dediqué a deshacer las maletas. Al terminar, me quedé mirando la pared que tenía frente a mí. Cuando llegué aquí, sólo tenía un portarretratos en una mano y una figurita de Batman en la otra. Es curioso ver cómo de tan poco podemos lograr tanto. A veces no nos damos cuenta de cuándo estamos empezando una nueva etapa en nuestras vidas ni de lo que tenemos a nuestro alrededor, y otras veces, queremos acaparar todos los objetos y personas especiales que nos rodean para que ese bonito recuerdo quede grabado en nuestra memoria como eso, un bonito recuerdo. Aunque luego las cosas se tuerzan, es como una salvaguarda de que eso que recopilamos lo recopilamos por una razón, para hacernos ver a nosotros mismos y a los demás, aunque los demás no lo puedan entender, que ese algo es especial.

Nos pasamos la vida recopilando objetos, instantes, personas. Tengo una amiga que colecciona tazas de todos los lugares que visita, a veces me he preguntado para qué quiere tantas, si luego seguro que desayuna todas las mañanas en esa misma taza simple, pero especial a su manera, con la que lleva desayunando desde que tiene uso de memoria. Como todos. O los que conocen a alguien un día y rápidamente les piden el Facebook. Es muy probable que no se vuelvan a ver, pero siempre les quedará el felicitarse las fiestas y los cumpleaños y el poder decir «yo es que tengo amigos por todo el mundo».

Colección de libros con vistas al exterior. (Foto: flickr.com / Ryan Tronier)
Colección de libros con vistas al exterior. (Foto: flickr.com / Ryan Tronier)

Yo no sé qué colecciono. Cuando alguien me pregunta nunca sé qué responder. Lo mío es un cúmulo de cosas que a lo largo de este año algunas de las personas que he invitado a mi casa han denominado como síndrome de Diógenes. Creo que nunca he empezado ninguna colección acorde con mis viajes, porque son colecciones que uno nunca va a acabar. No es como esas colecciones que nos esperan a la vuelta del verano en las que puedes construir tus propias maquetas de las naves de Star Wars o la vajilla de Hello Kitty. En la vida siempre hay una nueva entrega, algunas programadas para las que te encuentras listo, otras improvisadas, pero el caso es que siempre hay algo más. Algo que puede hacer que ese estante que tienes montado en la cabeza se venga abajo, por el peso, o porque las instrucciones no venían en castellano y lo hiciste un poco a tu manera. Porque creo que esa es la única colección que todos tenemos en común, la de recuerdos. Recuerdos que compartir con otras personas, otros que preferimos mantener en privado, otros que te asaltan noches en la que no puedes dormir y entonces empiezas a pensar cómo fuiste capaz de cometer semejante cagada, que aquel día estabas mejor recogiendo la segunda entrega de la maqueta del Halcón Milenario.

El caso es que yo seguía mirando aquella pared, intentando desnudarla con la mirada, para poder descifrar por qué ese estante, que creemos que puede llegar a ser infinito, empezaba a tener las baldas dobladas, y que en cualquier momento iba a tener que empezar a desmontar cosas si no quería que se me cayera encima. Algunos lo llaman mundo real. Pero, ¿de verdad todo lo que guardamos en nuestra memoria es producto de nuestra imaginación? ¿Es, por el contrario, todo real? Aún recuerdo como con cinco años les explicaba a mis padres completamente convencida que había visto al gato de Alicia en el País de las Maravillas en la ventana de nuestro baño, quién iba a cuestionarme a mí…

Mi yo adulta se ríe ahora de esa Miriam de cinco años que intentaba arrastrar a sus padres hasta el baño para que lo vieran con sus propios ojos. Y es que al final no necesitamos que venga nadie a nuestra casa a decirnos que lo que coleccionamos es mierda, que para qué queremos tantas tazas. Al final somos nosotros mismos los que nos damos cuenta que hay que tirar cosas a la basura, que no queremos esa Nave Sancrawler Jawa, por mucho que nos duela, porque no hay sitio, porque el disco duro ha petado y está empezando a borrar nuestros preciados objetos de colección uno a uno.

Miriam Villazón Valbuena | @miriamvillazon

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