El día de Europa

Hace unas horas se conocieron los resultados de las elecciones europeas. Por primera vez desde 1967 el festival de Eurovisión volverá a Austria, a la Europa más clásica. Repasando las últimas ediciones parece asentado el retorno al corazón del viejo continente después de la travesía por las antiguas repúblicas soviéticas. Y también se confirma un cambio: los tiempos en los que el festival ideado por Berençon era objeto de escarnio y una plataforma para el esperpento -remember Chiquilicatre, ese proyecto maligno de Buenafuente y su productora El Terrat, remember; remember los pollos irlandeses- pasaron, afortunadamente, a mejor vida.

Eurovisión, como una inauguración de juegos olímpicos, una nochevieja en casa de la suegra o unas elecciones -¡europeas, incluso!- se vale hoy de Twitter y no se entiende sin él. De hecho resultan incomprensibles y muy lejanos aquellos tiempos en los que estos acontecimientos podían suscitar atención y entusiasmo sin Twitter. Con quién se podía comentar en aquellos años ignotos la barba de Conchita Wurst, el personaje devenido como ganador austriaco. Con quién compartir impresiones, desahogos y exabruptos sobre la actuación erótico-festiva -¡sicalíptica!, dirían los amigos del nodo- de las representantes de la muy católica Polonia, que han revolucionado el concepto de colada –habrá que estar atentos al muy previsible desplome de la venta de lavadoras en Varsovia-. Con quién hacer befa del ridículo de nuestros vecinos franceses, que han resultado farolillo rojo por primera vez en cincuenta y seis ediciones; necesitarán un nuevo De Gaulle para reponerse, y quizá proclamar la sexta república para redimirse. Con quién denunciar el plagio sutil de la canción holandesa, cuyos ecos remitían al Every Breath You Take de The Police.

Ruth Lorenzo, representando a España.
Ruth Lorenzo, representando a España.

España tuvo, una vez más, un papel testimonial. Son ya cuarenta y cinco años sin ganar, si bien el décimo puesto resulta meritorio en comparación con el bagaje cosechado en las últimas ediciones, donde los representantes patrios han ocupado posiciones que, trasladadas a la primera división, supondrían asegurar la permanencia en la última jornada o, mucho peor, hacer lo del Betis. Como experiencia positiva puede destacarse el sorprendente cariño demostrado por los albaneses –único país donde los votos a la actuación española han sido mayoritarios- y el hecho de que los portugueses nos hayan hecho abrir los ojos acerca de su verdadera naturaleza al no otorgarnos un mísero punto. Al carajo el iberismo y mi proyecto de trasladar la capital de la República Federal a Lisboa, yo que quería retomar la idea de Felipe II. Una vez perdido el tradicional aliado luso hay que volver a Andorra, que ya ni vota. O a Cataluña, si se tercia.
2015 será, por tanto, otro año en el que nos quedamos sin saber cómo organizaría Televisión Española un festival en el que la organización danesa ha dejado el pabellón muy alto. Otro tren que pasa para Mariló Montero.

La dirección de esta su revista me ha prometido que el año que viene estaré en Viena cubriendo la final. Una final en la que, espero, esté presente Irlanda, porque Eurovisión sin Irlanda es como una Champions League sin el Madrid, como un jardín sin flores, como la televisión sin Jorge Javier. Desgraciadamente aún queda un año para la próxima edición –ya he entonado el “pobre de mí” al estilo pamplonica-; por otro lado, es tiempo suficiente para negociar con la cúpula –ese término tan maravilloso fabricado en Telecinco– que esa corresponsalía especial no se limite únicamente al día grande del festival, sino también a las semifinales. Todo sea por ofrecer la información de calidad que usted, querido lector, se merece. Si ello supone pasar unos días más a orillas del Danubio aceptaré el sacrificio con estoicismo.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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