Un ballo in maschera

“Oh, Un ballo in maschera (Verdi, 1859). Este artículo promete erudición operística, pasión por el bel canto y lirismo exacerbado; es más, voy a irme ajustando el monóculo para…”.

Pues no, miren. Aborten la misión y abandonen toda esperanza. Lo mío es la Historia, no la ópera, así que si desean deleitarse con gorgoritos ajenos les dejo con este enlace y les doy dos minutitos para que vayan a Youtube y se pongan de fondo esta magnífica ópera de Verdi basada en hechos doblemente reales (de rey y de realidad).

Gustavo III de Suecia, retrato de Alexander Roslin. (Foto: wikipedia.org)
Gustavo III de Suecia, retrato de Alexander Roslin. (Foto: wikipedia.org)

Bien, han pasado los dos minutos. A ustedes les ha dado tiempo a entrar en Youtube y a mí a prepararme un café: les ofrecería un trago, disculpen mis modales, pero ya me he cargado tres ordenadores por ser cortés y tirar café a la pantalla. No obstante, no he venido a hablar de mi merma, sino de Gustavo III de Suecia, cuyo asesinato inspiró la ópera de Verdi.

Gustavo III nació en 1746. A los cinco años se convirtió en el heredero al trono tras ser coronado su padre, Adolfo Federico, cuyo reinado (1751-1771) se caracterizó por su incapacidad para imponerse al Riksdag, el parlamento sueco. Las dos principales facciones parlamentarias contaban con los mejores nombres jamás acuñados para un partido político: Hattarna y Mössorna, es decir, los Sombreros y los Gorros de Dormir. Normalmente eran los belicosos Sombreros quienes dictaban una agresiva política exterior (bastante desastrosa para la Suecia del siglo XVIII), mientras que los Gorros de Dormir eran algo más conservadores. Un tercer grupo era el llamado “partido de la corte”, arrimado a una monarquía tan débil que ni siquiera podía montar una conspiración Kråkskär en condiciones.

[Sí, es un chiste sobre reyes suecos e IKEA. Sí, me doy vergüenza a mí mismo por caer en el estereotipo. Y sí, la conjura de 1756 fracasó tan estrepitosamente que el rey estuvo a nada de ser destronado por el propio parlamento contra el que conspiró. Manta es poco].

A la pantagruélica muerte de Adolfo Federico, el Riksdag pensó que podría igualmente mangonear a su sucesor, a quien la noticia le halló en París. Como la Francia de 1771 no era precisamente el país menos absolutista del orbe (¿quién podría haberlo imaginado?), fácilmente se deduce que Gustavo III se encaminó a Estocolmo con la lección aprendida y dispuesto a no ser otro títere del parlamento. Bueno, a eso y a vengarse, puesto que en 1768, cuando aún era heredero, había sufrido el rechazo del parlamento a su propuesta de reforma política para devolverle el poder a la monarquía.

Tras ser proclamado rey, en 1772 Gustavo III lideró con éxito un golpe de Estado con la única intención de reforzar la corona frente al Riksdag. Dado que Gustavo III era un hijo de su tiempo (todos lo somos, y si no prueben a decir “yo no soy hijo de mi tiempo, sino del Paleolítico Inferior” sin resultar imbéciles) optó por el sistema de gobierno que más lo estaba petando por aquel entonces: el despotismo ilustrado, con sus ya (neo)clásicos eslóganes “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” y “Carlos III, el mejor alcalde de Madrid”. Ciertamente, la deriva autoritaria conllevó varios aciertos; por ejemplo, el rey otorgó libertad de imprenta, modernizó ejército y administración, abolió la tortura, promulgó mejoras sanitarias y protegió las artes y la cultura, fundando la ópera de Estocolmo y la célebre Academia Sueca que hoy concede los premios Nobel.

Aun habiendo reconocido en su momento el mérito de las reformas regias, el mosqueo del Riksdag fue en aumento en la década de 1780 a la par que el belicismo del monarca. Buscando reflotar las glorias pasadas de Suecia en la política internacional, la primera intención de Gustavo III fue invadir Noruega para quitársela a Dinamarca, si bien hubo de abstenerse al no contar con el apoyo de su prima, la zarina Catalina II la Grande. Tras el desencuentro familiar, Gustavo III comenzó a recelar de Rusia y a sospechar de su influencia en los movimientos separatistas de Finlandia (sí, Finlandia pertenecía a Suecia. Y Pomerania, allende el Báltico) y hasta en el mismísimo parlamento sueco. Con su popularidad cayendo en picado, Gustavo III cometió dos de los mayores y más típicos errores de la Historia: querer recuperar prestigio mediante una guerra y, peor aún, declarársela a Rusia.

Disfraz de Gustavo III la noche de su atentado. (Foto: wikipedia.org)
Disfraz utilizado por Gustavo III en la noche de su atentado. (Foto: wikipedia.org)

Resumiéndolo mucho, en 1788 Suecia atacó a Rusia sin avisar, Rusia se revolvió, le soltó una lluvia de palos a Suecia y, al mismo tiempo, empujó a los fineses a la revolución y a Dinamarca a entrar en Suecia con ganas de gresca. Al acabar el conflicto, dos años más tarde, todo volvió a la situación previa con una salvedad: la Revolución Francesa de 1789 había cambiado Europa para siempre. Con todo, ese mismo 1789 Gustavo III había despojado a la nobleza de buena parte de sus privilegios y pretendía seguir gobernando ajeno al parlamento y al pueblo. Un lince este Gustavo III, sí.

No es de extrañar que desde ese año se redoblaran las conspiraciones contra un rey que coleccionaba amenazas de muerte. El 16 de marzo de 1792, aprovechando un baile de máscaras en la ópera de Estocolmo, el rey fue rodeado por cinco conspiradores y el líder de éstos, Jacob Johan Anckarström, lo disparó a quemarropa por la espalda. Aunque el rey fue rápidamente atendido, la herida de bala le provocó una infección que derivó en sepsis y neumonía, falleciendo trece días más tarde.

A Gustavo III le sucedieron su hijo, Gustavo IV Adolfo (1792-1809), y su hermano, Carlos XIII (1809-1818), antes de la llegada de la dinastía francesa de Bernadotte con Carlos XIV Juan, concuñado de nuestro carpetovetónico Pepe Botella. Pero ninguno de ellos tiene una ópera en su honor y, como dijo Verdi, “yo aquí he venido a hablar de mi libreto”.

Fernando Díaz Gil | @ferdiazgil

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