La derrota también necesita héroes

La derrota gusta, atrae y enamora. Tiene un gusto amargo, pero enamora, atrae y gusta. Incluso hay veces que no te suelta, ni quieres que lo haga. Perder es tanto o más mitológico que ganar, como diría Angélica Liddell. Cuando uno se acostumbra a perder saborea la derrota como se saborea una copa de vino, vanagloriándose en sus formas y su eco, en ese movimiento de caderas al agitarla con la elegancia y eficiencia de un enólogo. Sin derramar ni una gota. Sin dejar nada a los demás. Egeo la deseaba tanto que pese a tener la victoria delante de sus ojos prefirió lanzarse al vacío.

La victoria es una puta, pagas un alto precio por ella, subes a la habitación y después del polvo te obliga a vestirte y a marchar por dónde has entrado, y a otra cosa.

La derrota te acoge en su seno, te acaricia y te cuida como una madre. Pero hay traidores a la causa, como Robben, que pese a erigirse como un estupendo perdedor de finales acabó ganando una. El holandés volverá, como Limónov, a casa. Al sonido del timbre le acompañará un «Papá, mamá, soy yo, he vuelto», y la derrota le abrirá la puerta. Puedes volar del nido, pero con ella, siempre que vuelves tienes más de un plato de comida en la mesa, y mire usted, esos detalles se agradecen.

Ballack vio la amarilla en el partido ante Corea del Sur y se perdió la final de la Copa del Mundo. (Foto: impromptuinc.wordpress.com)
Ballack vio la amarilla en el partido ante Corea del Sur y se perdió la final de la Copa del Mundo. (Foto: impromptuinc.wordpress.com)

Para Axel Torres, perder es lo normal. Indica en 11 ciudades: viajes de un periodista deportivo que la historia de su vida consiste en enamorarse de chicas que no le hacen caso, amar a clubes que siempre pierden y simpatizar con el que acaba muriendo en la película. Todo junto serviría para definir a Ballack, que desde hace años vigila desde el porche como un veterano de la guerra de Corea, con la escopeta cargada apuntando hacia cualquier intento de victoria.

En 1999 la atracción se hizo realidad, el jugador alemán y el Bayer Leverkusen rubricaron un contrato de simbiosis unilateral en el que ambos maldijeron a la gloria. Les presupongo no haber leído a Javier Egea, pues nunca hicieron un alto en la derrota. Como si estuviese todo escrito, el Bayer Leverkusen llegó al final de la temporada 2000 líder, la ensaladera estaba solo a un empate. En el modesto campo del Unterhaching un centro al área del equipo local sirvió de precepto a Ballack, que intentando despejar el balón, lo introdujo en su portería. El futbolista bávaro se desparramó en soledad al filo del área pequeña, como si del abismo se tratase, tras anotar en propia puerta. El Bayern de Múnich acabaría apropiándose de la Liga.

Pero más trágico fue lo ocurrido en la temporada 2001/2002. Finalistas de Copa y Champions, el equipo de moda en Europa había dejado en el camino a Barcelona, Arsenal, Juventus, Liverpool y Manchester United. También lideraban la clasificación de la Bundesliga con cinco puntos de ventaja sobre el Borussia Dortmund a falta de tres jornadas para finalizarla. La gloria estaba a un paso, y nada fue tan glorioso como perderla. Dos derrotas en liga ante Bremen y Núremberg les apearon del título, que acabaría en poder de los de la región del Ruhr. La copa, así mismo, cayó en manos del Schalke 04.

El equipo montado bajo las órdenes de Toppmöller, de juego combinativo y contragolpe de manual, cuyo epicentro era Ballack, y en cuyas órbitas se movían Lúcio, Nowotny y Neuville entre otros, llegó desolado a Hampdem Park, donde debía enfrentarse al Real Madrid. La historia de esa noche la escribió la pluma de ZidaneÍker Casillas aparte—. El galo dibujó un latigazo contra la portería alemana para la memoria de este deporte. El gol que todo futbolista querría meter, y ahí estaba él, justo detrás. La famosa foto también robó su alma, como sí el destino –otra vez— le volviese a gastar una broma macabra.

Al final de temporada, el recién bautizado Neverkusen y el jugador alemán acabaron separándose, como si de un secreto se tratase, para no desvelar el porqué. No podían seguir difundiendo ese amor por la derrota, la gente, a modo de fijarse, terminaría por envidiarlos y ansiarla. Y el amor de una madre solo es para con sus hijos.

Pero aún no habíamos perdido nada. Con el mes de junio llegó el Mundial y de su mano, el broche de oro a la temporada. Una Alemania triste y gris, pero eficiente, comandada por el joven Káiser, se enfrentaba al anfitrión en Seúl. El reloj lloraba el minuto 71 cuando el árbitro mostró a Ballack la tarjeta que le privaría de su única final mundialista. Cuatro minutos después anotaría el único gol que les daría el pase a la final. Al acabar el partido declaró que «He soñado toda mi vida con jugar la final de un Mundial y me la voy a perder después de dar la victoria a mi equipo, todo por esa dichosa falta». Admitiendo incluso ya, que «puede ser un buen augurio que no juegue». No lo fue. Todo Brasil se reconciliaba en el flequillo de Ronaldo, y Ronaldo les reconcilió con sendos goles.

Y todos pensaron que no fue culpa suya, sino que tuvo la mala suerte de pasar por ahí. En esas, el Bayern de Múnich cerró su fichaje. Haciendo gala otra vez de la derrota, el jugador alemán rechazó ofertas como las que venían de Concha Espina, renunciando, como tuiteó Jabois, voluntariamente a la felicidad. Los años en la ciudad muniquesa le valieron tres Ligas y tres Copas. Y exiliado, viendo que podría ganar más de lo conveniente, marchó a Londres. Su fichaje por el Chelsea le sirvió para escribir el epílogo de su historia en dos capítulos bien diferenciados.

Kevin-Prince Boateng, justo despueés de lesionar a Ballack de gravedad.

El escenario del primero bien pudo ser descrito por Nacho Carretero, puesto que llovía, y como él dijo, El horror cuida siempre los detalles. Moscú, ciudad de zares y revolucionarios, fue el escenario elegido. Ballack volvía a jugar la final de la máxima competición europea ante el último gran Manchester de Ferguson. Esta vez, la derrota tuvo que esperar a los penaltis. Donde Van der Sar se coronó reina de la fiesta ante las impotentes lágrimas de un joven Cristiano Ronaldo que pese a la victoria de su equipo, falló. Otra vez –y esta sería la última— el sueño continental se le escapaba de las manos. El segundo escenario fue aún más cruel. Adoptando la forma de lesión. Una dura entrada de Prince Boateng le rompió los ligamentos internos del tobillo derecho, privándole de la oportunidad de jugar el que hubiera sido su último Mundial.

Volviendo a 2010, fue este el año del reencuentro y del adiós. Tras no renovar por el Chelsea volvió a casa. Siendo el Bayer Leverkusen su última parada. Allí, en 2012, decidió retirarse. Había llegado el momento. 14 subcampeonatos en total pesaban demasiado. Sus últimos pasos en el fútbol no fueron menos trágicos, siendo víctima de los desaires de sus compañeros de selección y las enemistades dentro de la Die Mannschaft. Incluso Lottar Matthäus se pronunció: «A Ballack le recomiendo que tenga un gesto de grandeza y renuncie a la selección».Dos años antes se le volvió a presentar la oportunidad. Estaba en otra gran final. Esta vez, de Eurocopa. Ante la nueva España de Luis Aragonés y cía. Lo más destacado de entonces fue la burla que el sabio de hortaleza le dedicó, llamándole Wallace. Puesto que el conjunto bávaro nada pudo hacer ante la avalancha de una selección que ya entonces mostró sus credenciales, que a la postre le valdrían para conseguir mundial y Eurocopa en 2010, y 2012 respectivamente.

En noviembre de 2012 fue condenado en Cáceres por conducir a 211 kilómetros por hora. Le esperaban en casa. Y tenía prisa por llegar.

 Jairo Pulpillo | @Jairopl93

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