Cuando se agitan las banderas

Hay una constante, probablemente se dé en todos los pueblos de la tierra, que es la siguiente: cuando vienen mal dadas, la gente se empieza a identificar más con el terruño. No es excesivamente científico, pero sí que podríamos decir que pasa. Con la crisis, problemas que se creían enterrados, han rebrotado como si se tratasen de tulipanes adormecidos. Sí. Me refiero a lo que está sucediendo al noreste, en Cataluña.

(Foto: e-faro.info)
(Foto: e-faro.info)

Recientemente me llegó una imagen, la cual no pude evitar compartir con todo quisqui que pillé. ¿Se acuerdan ustedes del famoso grabado que don Artur Mas compartió como recuerdo de navidad con políticos, presidentes de gobierno, empresarios y demás gente? Recordarán ustedes que era una alegoría del bombardeo de Barcelona durante la guerra de secesión, perdón, de sucesión al trono de España, en la que un ejército de malvados soldados españoles, ya saben, opresores profesionales de la cultura catalana, hacían lo que mejor se les daba hacer, ya saben, oprimir a los valerosos catalanes que luchaban contra la pérdida de sus derechos y constituciones.

Adivinen qué problema había en la imagen. En su afán torticero por manipular la historia, habían teñido las banderas de los navíos del color de la bandera de España, cuando parece ser que el bombardeo había tenido lugar años antes del fatídico 1714, y el bombardeante no era España, sino Holanda. Sobre todo porque la rojigualda no se inventó hasta casi ochenta años después, al albur del siglo XIX, en todo caso, las banderas tendrían que haber sido de blanco y con la Cruz de Borgoña. Pero estas batallitas históricas son aparte, bastante aparte.

No confío en la agitación de las banderas, salvo cuando son los banderines del Real Madrid y es una final de Champions. Las banderas agitadas responden al sentimiento, a la bilis, al diafragma apretado contra los pulmones, al rojo, al grito. No se hospedan en el sentido, sino en el corazón, acelerado hacia una dirección. No se basan en la lógica ni en el análisis; y no es sino por eso por lo que tiene tanto éxito. La romántica idea de una Cataluña como estado independiente atrae a aquellos que a pesar de no haber sentido jamás la opresión de alguien, consideran que es muy romántico tener un enemigo del que liberarse. Aunque tal enemigo no exista, pero oigan. Enemigo es. Tampoco confío en las banderas agitadas porque pocas veces una nación es patrimonio personal de cada uno. Y lo digo porque en este pequeño país tenemos una forma extraña de entenderlo. Los hay quienes lo entienden como un país único, con una cultura única y con una pujante lengua, con unos símbolos unívocos y no hay vuelta atrás: España es una. Y los hay otros que entienden que no hay España, que hay pequeñas naciones que forman España, y que lo que entendemos como España es un exacerbado nacionalismo castellanista que ha oprimido al resto de naciones, convirtiéndolas en vasallas de la más grande. Y por otro lado, estamos los que creemos que España es así. Un lugar lleno de gentes diversas que lo único que tienen en común, es que piensan que están en el peor lugar del mundo. Un único lugar en el mundo cuyos habitantes se encuentran enzarzados en estúpidas broncas territoriales de hace dos siglos, cuando tiene problemas mucho más serios que una bandera o un idioma. Así pues, no me creo el cuento de la opresión catalana, pero tampoco me creo que España necesariamente tenga que ser vertebrada desde Madrid. El original nacionalismo catalán tenía esa forma de ver las cosas. Gente bastante más culta que Artur Mas y compañía, creían que Cataluña tenía que ser la locomotora de España, sin duda alguna.

El problema es que cuando no tienes con qué alimentar a tu pueblo y no tienes forma de justificar el robo, el latrocinio y la desvergüenza de tu partido político, tiendas a polarizar a la sociedad catalana hacia una alternativa salvadora irreal: la independencia. Tiendas a condenar a Cataluña a una travesía por el desierto porque te sientes ‘nación’. Soy madrileño, esto es, provinciano, desconozco qué significa adherirse a un sentimiento de pueblo. Evidentemente, entiendo que un catalán se sienta catalán, como un valenciano, como un andaluz o un vasco. Pero yo simplemente no puedo identificarme como ‘castellano’. Soy español. No hay más vuelta.

Hay simplemente que ver cómo se identificaba el pueblo catalán hace 24 años y cómo se identifica hoy. El independentismo catalán era una opción bastante minoritaria hace unos cuantos años. Hoy, está camino de ser la opción mayoritaria, si bien hay todavía una gran parte de la población catalana que no es partidaria de romper con lo que hoy es su país. Del original 20% de partidarios de la independencia al casi 50% de hoy, ha llovido bastante.

Catalunya España Toro
El independentismo todavía sigue siendo un tema que muy delicado en España. (Foto: flickr.com)

Intento ponerme en la cabeza de los independentistas catalanes, pero creo que me falla la identidad. Porque el asunto económico es siempre algo reparable, hay que decir. Si Cataluña considera que el reparto económico de los fondos autonómicos es injusto, es verdad, en Madrid también es profundamente injusto. Cabe decir que las tres comunidades autónomas más ricas de España están pagando el esfuerzo de las demás. Y con esto, no pretendo ofender a nadie, pero es la cruda realidad. Lo que no parece fácilmente reparable, es el hecho de haber educado a dos generaciones de catalanes en la mentira y en un hecho diferencial torticero. Que hoy un catalán no se sienta heredero de todo lo que España haya podido llevar a cabo como empresa me parece, con toda sinceridad, un fracaso. Sobre todo, porque creo que desde 1978, España ha sido generosísima con Cataluña. Y la Constitución Española fue ampliamente apoyada en Cataluña. Es por eso por lo que no puedo entender el enorme problema. Si bien durante el Franquismo esto no fue para nada así, aunque a la burguesía catalana no pareció afectarle demasiado.

¿Existe tanta diferencia entre un catalán y un extremeño como para que el primero no se sienta perteneciente a la misma patria? O bueno, dentro de lo que cabe como patria. Para mí, sentirme español no se encuentra en la lista de cosas más importantes que voy a hacer durante el día. Más bien lo experimento cuando me encuentro fuera. Más bien experimento mi españolidad cuando soy testigo de la genial historia de este país, con sus aciertos y con sus errores. Cuando me siento a tomarme unas cañas, cuando aprecio el arte y la diversidad de mi país. Y no puedo comprender que en Cataluña no se sientan partícipes de nuestra cultura –común a todos los españoles- y de nuestra historia. Es cierto, y no se puede negar, que España ha sido y sigue siendo enormemente madridcéntrica. Quizá si hubiésemos prestado más atención a la periferia, el problema no se hubiese agravado tanto. El problema, es que la espiral del nacionalismo exacerbado se está transformando en algo que en los primeros años del siglo XX condujo a la guerra definitiva, a la peor de las guerras, la Gran Guerra.

Me inclino a pensar que para el día elegido para celebrar la consulta, habrá unas elecciones plebiscitarias. La participación en las mismas, como siempre en Cataluña, no será demasiado elevada. No ganará CiU, sino que muy posiblemente lo haga ERC. ¿Y qué hará ERC? ¿Declarará la independencia por las bravas? Esta pregunta quizá preocupe a algún lector, pero, ¿con qué fuerza coercitiva del Estat lo hará? ¿Con los Mossos? ¿Con el Somatén? Porque no podemos olvidar que si por algo se distingue un estado, es por poseer el monopolio de la violencia. Y si uno se atreve a declarar algo tan serio como una independencia, debería tener una fuerza que se lo permita hacer. Porque sí, la ANC está empezando a emplear ese lenguaje tan grave.

Creo que imperará el sentido común y la fría lógica de los números, pero no puedo manifestar otra cosa que mi preocupación por la desintegración de España. O quizá nunca estuvo realmente integrada, pero desde luego, si España por sí sola no tenía una presencia internacional abrumadora, con menos habitantes y menos territorios, tendrá mucha menos. Porque agitar banderas conduce a resultados imprevisibles. Y a día de hoy, no sabemos qué puede suceder.

Guillermo Gómez de Salazar | @rickwwayne

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