Mi viaje es su rutina

No sé si «el nacionalismo se cura leyendo» o es la ignorancia – que puede englobar al nacionalismo, ya sea de grandes o pequeñas superficies – la que se cura. Lo que está claro es que viajar expande fronteras y hace de las propias entes endebles frente a las vistas. No hace falta marchar demasiado lejos para descubrir que hay más realidades que las que uno contempla a diario y que la vida continúa en la calle del al lado de una manera distinta a como es en la de uno. La gente cambia, los colores cambian y las relaciones cambian. Todo cambia, incluso el forastero.

He tenido la suerte de viajar desde que nací. Viajes de placer, de veranos largos entre el Mediterráneo y América Latina, entre Europa del Este y los Pirineos, entre el caluroso sur de España y las frescas aguas de las islas. He visitado la Capadocia nevada y el retrete más alto del planeta; he paseado por el Machu Picchu al amanecer y por el Malecón al anochecer; he saltado desde acantilados a aguas cristalinas y me han golpeado olas de diferentes océanos y mares; he conocido pueblos sin amo  y ciudades habitadas por narcos; me han timado, me han vuelto a timar y he dormido abrazado a una mochila por miedo a ser robado; y al final, cuando regresaba a mi casa incrustada en un barrio de edificios anaranjados, percibía que el tiempo vivido lejos de esos muros había sido un suspiro en el de otros. La forma de las cosas no había cambiado, tan solo la manera de percibirlas.

El mundo personal después de un viaje se hace pequeño, y los problemas que en él conviven, incomprensibles. Podríamos imaginar submundos dentro de mundos que a su vez son submundos de otros mundos. Vivimos en esos pequeños mundos que pueden ser hilvanados hasta formar uno mayor, con problemas trascendentales que minimizan los personales. Al viajar, uno se da cuenta de lo pequeño que es al tiempo que su grandeza se hace más tangible. Por un lado, se descubre que «nada» es el mejor calificativo cuando uno se compara con los siete mil millones de habitantes del planeta. Pero si se mira ese resultado desde otro punto de vista, no se puede pasar por alto la idea de que cada uno somos una parte irrepetible de esas miles de millones de piezas irreemplazables por otras.

El Nacer de La Tierra, 1968. William Anders

La posible pérdida de la capacidad de impresión fue algo que me preocupó cuando viajaba más que ahora a lugares exóticos. Sin embargo, con el paso de los años, he descubierto que no solo permanece intacta, sino que se perfila, llegando a ser posible contemplar, como si fuera la primera vez, lo que decenas de veces se inmortalizó en la retina. No importa el lugar, su proximidad o lejanía, si es ciudad o montaña, mar o desierto, porque el espectáculo que se presenta frente a uno no entiende de esos calificativos.

Hace casi dos años pasé varios días en una playa desolada por un huracán. Las cabañas de primera línea estaban destruidas, el océano embravecido a pesar de ser pacífico y la arena moteada de cascotes y troncos y hojas de palmeras. En ese lugar, que en algún momento fue un destino paradisiaco, cada mañana paseaba un hombre envejecido por la luz y el salitre cargando una nevera. Cada vez que se acercaba a algún viajero le decía: «Hay nieve de coco, de limón». Me llamó la atención el hecho de que repetía lo mismo día tras día mirando al suelo, como si llevara haciendo eso desde que era un niño. Y así debía ser. Su lugar en el mundo era esa playa de dos kilómetros que recorría día sí y día también arrastrando una nevera para vender nieve. Aquella imagen que se repitió en varias ocasiones me hizo pensar que los viajes no son traslados de un lugar a otro, sino incursiones en la rutina de determinadas personas que se cruzan en tu camino. Si regresase a esa playa, su estética se habrá visto modificada – no quedarán cascotes ni hojas de palmeras esparcidas por la arena –, pero la vida de ese hombre seguirá siendo la misma. Eso, y no otra cosa, es lo que para mí hace grande un viaje: la posibilidad de ver una estampa rutinaria que se repetirá a pesar de que nadie esté allí para verlo.

Diego Duque

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8 Comments

      1. pues sí. He recordado esos lugares que hemos visitado y me llena de satisfacción conocer culturas diferentes.

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