Los fracasos del escritor

Tengo un editor. Mi editor recibió el domingo un mail en el que le pedía opinión sobre un artículo que acababa de escribir. Mi editor es una persona metódica, que tiene la historia del periodismo español en la cabeza como decían que Fraga tenía el estado. Mi editor escruta y rumia las palabras y juzga de forma contundente y sincera, sin regalar los oídos. Por tanto sabía que de su veredicto dependía que me decidiese a enviar el texto a esta revista o, por el contrario, lo guardara bajo siete llaves asegurándome de que nunca viese la luz.

Era un artículo horroroso. Era un compendio de lugares comunes y chistes forzados a medio hacer, un surtido de chascarrillos que había apuntado la noche anterior en un cuaderno para no olvidarlos cuando me pusiese frente al teclado. Parecía una gala de los Goya sin sketch de Muchachada para salvar los muebles.

Writer at work. (Foto: flickr.com / MarcParty)

Mi editor confirmó mis sospechas (necesitaba una segunda opinión). En mi artículo criticaba una conducta de ciertos columnistas y al mismo tiempo me valía de las mismas trampas que creía (creía no, ¡estaba seguro!) que ellos habían utilizado. Ole mis huevos. Y lo hacía a sabiendas, porque en todo momento fui consciente de que escribía pisando terreno peligroso: pronto me percaté de que me había colocado sobre una mina. Llegado el momento tenía dos opciones: levantar el pie cuanto antes y dejar el artículo (y el ridículo) a medias (una retirada a tiempo es una victoria y blablablá) o alargar la agonía confiando en que la mina se aburriese de esperar. Pero la mina no era como una de esas bombas que se encuentran setenta años después en Berlín. Mi editor me terminó de abrir los ojos, pero a la vez me dejó fuera de combate durante unos segundos. Me sentía como se siente el Barcelona sin posesión y sin Masía. La rabia me impelía a sacar una pancarta: “mis artículos no se tocan”.

Tenía, por tanto, una idea que había estado procesando durante dos días, un papel sucio plagado de notas y, como colofón frustrado, 734 palabras que había tardado dos horas en escribir, que era eso un parto de trillizos. Tenía también una papelera. Y tenía también el agradecimiento a mi editor.

Tuve que improvisar rápidamente. Comenzar a escribir bajo presión, constatando que es en esas circunstancias cuando mejor rindo: sabiendo que en cualquier momento alguien puede cortar el cable rojo. A veces agradecería incluso más coerción: que Kathy Bates me secuestre y me obligue a resucitar a Misery (éste es el lector de Guadalajara de Camba –Camba, Camba, siempre Camba- llevado al paroxismo). Confirmé también que escribir sobre política se me da mal: para hacerlo cada palabra debe resonar como un latigazo; también cuando se hace desde la duda, una duda que azote. En definitiva, para sentar cátedra sobre los asuntos públicos hay que ser Churchill. O Raquel Bollo. Alguien que al hablar esculpa en mármol.

Yo me quedo con Eurovisión, los libros y la tele. Y haciéndolo con profesionalidad, que para esto también hay clases. Lo hago en prosa porque creo que para escribir en verso hay que cumplir unos requisitos mínimos: el abandono de un padre y en la muñeca la marca del disparo realizado por un amante –del mismo sexo, claro- perturbado. Y una vez vivido y escrito retirarse y comenzar a traficar con armas. Sin todo eso cualquier cosa me suena a Coelho y Jodorowski en verso libre, a la facción cuñada de la literatura.

Tengo mi escrito fallido guardado en el disco duro, formato PDF y un acceso directo en el escritorio. Creo que no lo he eliminado para crearme cierta aura de malditismo, para ser un poco Bukowski con hábitos de vida apolíneos. Un Bukowski light, sin conservantes ni colorantes (“sí, yo también tuve una crisis de fe”. No era miedo al papel en blanco, no, sino a una avalancha de ideas inconexas). Cuando sea un escritor reconocido (por favor, no me tomen demasiado en serio) lo veré ahí, media la sonrisa. Y pensaré que fue lo que Knocked Out Loaded para Bob Dylan. Lo que Tintín en el lago de los tiburones para Hergé. Lo que Heather Mills para Paul McCartney. Lo que Mickey Rooney para Ava Gardner. Y lo que cualquier capítulo reciente de Los Simpsons para Matt Groening.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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