Del mar y el surf

 

A veces necesito ir al mar. Sea la estación que sea. El simple hecho de verlo de cerca me relaja y serena. Una mirada al horizonte en busca de respuestas o tan solo poner la mente en blanco. Dejando que todo fluya. Para mí es una suerte haber nacido en una ciudad abrazada al mar y sí, tengo esa necesidad de sentir que está cerca. De verlo aunque sea desde las alturas de la planta 14 de un edificio. Nada parece cambiar tanto como él. De colores, formas, comportamiento…

Me encanta el mar tras la lluvia. Calmado y manso, como si no hubiera roto plato alguno. Quizás porque de pequeño, estando en Malgrat de Mar, a escondidas de mi padre mi tío Juan me llevó a bañarme a la playa después de una fuerte tormenta de esas que nos hacían pensar de vez en cuando que el río Tordera se desbordaría y el camping se inundaría. O eso pensaban mis padres, condicionados por el recuerdo de Biescas. Yo vivía de pequeño bastante alejado a las preocupaciones. Mi padre se enfadó muchísimo al enterarse ya que decía que cogería un resfriado del tamaño de China pero lo cierto es que fue una de las veces en las que alcancé mayor comunión con el agua del mar. No hubo otro día igual. Porque como decía Heráclito de Éfeso no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Del resfriado no recuerdo nada.

También me fascina cuando hay niebla y no se advierte el más allá. Donde los barcos desaparecen para caer en esa especie de abismo que dibujan nuestros ojos desde la distancia. Allí donde pasado, presente y futuro conviven. O los días tan claros que el cielo se confunde con el agua. Y pienso en impresionismo. En Monet. ¡Cómo le gustaría ese juego de luces!

Foto: escapefromamerica.com
Foto: escapefromamerica.com

Hablaba del mar porque hace no mucho tuve uno de esos días que necesité ir a verlo a la salida del trabajo. Como Manolo García en Pájaros de Barro. Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas… O como el estribillo de Manel. Al mar, al mar… Era un viernes pre-primaveral. Hacía mucho viento pero el día era soleado. De esos que no te molesta la chaqueta tampoco y menos cuando te acaricia la brisa de la Ciutat Condal. En apenas 15’ a buen ritmo, como a mí me gusta inconscientemente caminar –problema cuando vas (bien) acompañado-, lo tenía ya ante mí. Recorrí un poco más con el oleaje siempre a mi izquierda acercándome decididamente a la altura del Hospital del Mar. Un oleaje agresivo y amenazante. Mis pasos tocaban ya la Barceloneta. Entonces divisé una estampa maravillosa: una hilera de uno 30 surfistas sobre sus tablas. Me quedé un buen rato contemplándolos. No era el único espectador improvisado a aquella primera hora de la tarde en un evento que no requería de pago de entrada pero del que se aprendería mucho.

Los surfistas desprendían mucha templanza a la par que seguridad en ellos mismos. Pero sobre todo calma. Mucha calma. Esperando el momento. La ola más adecuada. Reposados como anfibios sobre las tablas, sin parar de mover con suavidad las manos y pies. Era una imagen realmente relajante. Me acordé de mi amigo Cristian, surfista, y en aquel relato de fantasía que se originó en mi cabeza una vez. Él iría a hacer surf a Hawaii y yo, entre otras cosas, a escribir. Imaginación que adquiría mayor capricho si cabe al ver The Descendants con Clooney. No por el surf, ausente en el film, sino por la naturaleza y entorno en esas islas que nacieron como joyas volcánicas en medio del Pacífico.

Estuve un buen rato con los surfistas, analizando sus movimientos. Todo su lenguaje corporal y gestos. Esperando la ola buena. Si así lo creían, se equilibraban sobre la tabla y la atacaban con estilo. Algunos apenas podían llegar a cogerla, otros preferían esperar a próximas. Y unos pocos, en ocasiones solo uno o dos, tenían éxito. En especial un surfista al que deduje más de 35 años y mucha experiencia en esas lides. Incluso a veces ocurría que dos surfistas lo intentaban con una ola en concreto pero uno de ellos terminaba entorpeciendo la trayectoria del otro. También había disputas en el mar. “Con las olas no se juega”, pensé. Reprimendas que se adivinaban desde mi posición privilegiada en pleno paseo marítimo. Uno de ellos se indignó mucho. Lo envió a la mierda, claro. Con todo, pensé, a través de aquellos surfistas, en la vida. En cómo acostumbramos a vivir en un día a día frenético, estresante, en el que siempre estamos pensando en lo que inmediatamente tenemos que hacer. Como adictos a las responsabilidades y obligaciones. Sin tiempo para reencontrarnos con nosotros mismos y disfrutar de los placeres de la vida. Pensé que los surfistas eran un gran ejemplo de vida. No solo al hacer aquello que les llenaba sino por la forma en la que lo hacían. Esperando la mejor oportunidad para gozarla. Y cómo a veces uno piensa que es la buena ola, oportunidad, pero no lo es. Y te caes o no consigues ponerte en pie de primeras. Más no queda otra que volver a intentarlo. Esperando una siguiente. Algo mejor. Aunque otros personajes, compañeros por el camino te dificulten la actividad, reto, aspiraciones y sueños. ¿Acaso no hay obstáculos en la vida?

Terminé encontrando aquella tarde y sin querer una metáfora perfecta de nuestras vidas. Tanto en la responsabilidad de nuestros actos y decisiones –no hay que arrepentirse aunque no haya sido la mejor ola y te hayas equivocado- como sobre todo en términos de paciencia. Algo que pienso escasea hoy en día. Lo queremos todo en tan vastas cantidades y tan inmediato, que perdemos parte del encanto de lo que cuesta todo. De aquello que nace, crece y madura. Las oportunidades están ahí. Buenas y malas. Pero hay que ir a por ellas como el surfista que aguarda la mejor ola posible para alcanzar una felicidad que traza como pocos sobre el mar. Si son malas, tocará volver a intentarlo. Si son buenas, no lo dudes. Hay trenes, como olas, que solo pasan una vez en la vida. Porque como se deducía de Heráclito de Éfeso todo fluye, nada permanece.

Jordi Iglesias | @Chopi_8

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