Aquel cigarro

 

“Aquel cigarro que se consumía”

Arranco a lo ‘carbonero’ citando a Sabina, que no confundiendo versos de Machado con letras de Serrat. Decía el cantautor de la voz rota que en Comala comprendió que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Huyo rápido de esos versos para recordar el lugar donde uno cree que al menos lo fue.

La que vengo a recordar fue en un verano, allá por mediado de los 90. Mis abuelos, aún por suerte cuento con ellos, tienen una de esas casas propias del sur de España. Sí esas que hacen brotar la luz, que sofocan el calor, y que tienen espacios para que te pierdas.

Las tardes de hastío las pasaba huyendo de la siesta, quizá ese era uno de mis primeros pasos del adiós al pueblo. El calor aprieta tanto en esos días que se hacía imposible abrir el portón de la casa para ir en busca de los primeros amigos con los que compartir patadas al balón, caídas en bicicletas y robo de besos a chicas que pocas veces se alcanzaban.

Foto: vampida.wordpress.com
Foto: vampida.wordpress.com

Así que eran escasos los divertimentos. Uno era ver a mi abuelo dormir en el sillón de rey de la casa. Siempre comenzaba su primera cabezada cuando Ana Blanco, la eterna presentadora del telediario, daba paso al tiempo. Ahí él encendía su ducados negro y comenzaba a dar el primer sorbo a un café solo, sin azúcar.

No había llegado aún la sintonía de arranque del ‘hombre del tiempo’ cuando la ceniza del tabaco negro comenzaba a ser mayor que el resto del cigarro. Ese era mi momento preferido. Esperaba que quebrara, que se cayera sobre su camisa. Ahí mi abuela ponía el radar, que le hacía gritar reprochándole que no iban a ganar para prendas. Ella siempre acaba remendándolas para que las usara mientras trabajaba, pero ya perdían su condición de ropa para salir.

Ahí, ‘el señor Fernando’, así le ha llamado siempre mi padre, refunfuñaba, decía que estaba despierto y que no se había quemado nada. Siempre ha sido fiel a esa resistencia masculina de admitir que las mujeres tienen razón.

Una vez consumido el cigarro, todos entraban en el sueño propio del verano. Yo encontré un rincón de la casa que no abandoné durante todos esos meses. En el fondo de ella, donde antes hubo patos, mi abuelo había construido un pequeño taller. Era profesor de mecánica, ya prejubilado en esas fechas, y anexo a la sala de trabajo había fabricado una casa de madera. Casi al estilo de esas que yo veía en las series de la tele. Claro, que no estaba colgada en un árbol.

Lo mejor de esa casa de madera lo encontré en una de las estanterías. Ahí se agolpaban apuntes de ingeniería de mi tío. Los descarté. Sí que presté más atención a unos librillos que se vislumbraban en una de las cajas. Junto con las revistas de baloncesto, los cómics, y el batido de manzana de mi abuela fueron mis fieles compañeros. La lectura ya no me abandonó.

Ya han pasado veinte años. Esa casa de madera hace mucho que dejó de existir, y yo ya no paso los veranos allí. Ahora cuando regreso a casa de mis abuelos charlamos, pero ya hace demasiado que el cigarro de ducados dejó de quebrarse. Añoro ese rincón de madera, regar las plantas al caer la tarde; las charlas de las mujeres de la familia en sillas de mimbre. Y sé que cuando ellos ya no estén acudiré, con frecuencia, a ese recuerdo del ducados en la camisa y el grito de reproche de la madre de la casa. Ese cigarro siempre será mi abuelo. Fue entonces cuando encontré la lectura. De ahí nunca querré, ni podré huir.

Jose Benavides | @benapampa

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