Tumbas de Reyes (indecisos)

De los Reyes Católicos se han dicho muchas cosas. Y más que se dirán, como se corresponde a unos tipos con más carisma que la plantilla completa del Getafe. Como (desgraciadamente) la Historia se suele ver desde las gafas de la actualidad y desde la perspectiva personal, depende del palo de cada uno que las críticas a Isabel y Fernando sean megapositivas o ultranegativas. Con este tema y con el manoseo de la Historia, pocos grises se suelen encontrar. Eso sí, lo que nadie podrá negar que el matrimonio se tomaba muy en serio el tema de la muerte.

Quizás lo más fascinante de los Reyes Católicos es que vivían en un mundo en transición. Los historiadores hemos separado una cosa que llamamos Edad Media de otra que hemos denominado Edad Moderna y también, en lo que arte se refiere, hemos puesto una barrera entre el Gótico y el Renacimiento. Y está bien, porque son etiquetas útiles que, con una palabra, nos describen toda una etapa; pero nunca debemos olvidar que son sólo eso: palabras que nos hacen la vida más fácil, pero que tratan la realidad con brocha gorda.

Así que, aunque los Reyes Católicos sean considerados muchas veces los primeros de nuestra Edad Moderna, conservaban todavía muchas ideas de la época medieval (y, oigan, eso en principio no tiene por qué ser bueno o malo). Normalmente, consideramos el Renacimiento como un periodo vitalista (no en plan rollo Coelho, pero casi), de carpe diem a full y en el que la muerte, al contrario que en la Edad Media, pasa a un segundo plano. A Isabel y Fernando, en cambio, parecía preocuparles bastante el tema de pasar a mejor vida y dejaron bien preparado todo antes de morir para que su descanso eterno no tuviera muchas complicaciones y para que su memoria fuera eterna. También tenía un sentido práctico: cuando eres un rey poderoso es bueno que algo te recuerde que eres mortal y vulnerable. Y ese algo, en el caso que nos ocupa, era una iglesia en la que enterrarse.

Isabel y Fernando, los Reyes Católicos (óleo de Francis De Blas) Foto: biografíasyvida.com.
Isabel y Fernando, los Reyes Católicos (óleo de Francis De Blas) Foto: biografíasyvida.com.

El problema es que a nuestros protagonistas se les fue un poco de madre la cuestión. Y no sólo construyeron una iglesia-panteón, sino dos. Una en Toledo y otra en Granada. Todo tiene su explicación, más allá de que los Reyes Católicos fueran un poco pejigueros (¿se escribe así?). Ya sabemos que Isabel y Fernando fueron reyes un poco por casualidad: Isabel no era la heredera directa del rey anterior de Castilla (era su hermana) y tuvo que ganar una guerra para imponerse a la hija de éste, Juana la Beltraneja, que las malas lenguas decían que era ilegítima. Para conmemorar la batalla definitiva, en Toro, Isabel y Fernando mandaron construir el monasterio de San Juan de los Reyes en Toledo. Recordemos que en aquellos tiempos no había televisión, ni periódicos, ni siquiera twitter, y la mejor manera de hacer publicidad era el arte. Y no repararon en gastos al respecto: la iglesia toledana está llena de escudos de los Reyes Católicos como si hubieran dado a lo loco a ctrl+C y ctrl+W (sólo que en piedra tallada), de inscripciones de “tanto monta”, de yugos y flechas y de las iniciales de Isabel y de Fernando. Que quedara bien claro quién había puesto los duros y a quien iba dedicada el monumento.

El caso es que al arquitecto Juan Guas le estaba quedando una obra de arte impresionante (que, por suerte, todavía hoy podemos disfrutar), cuando los Reyes Católicos cambiaron de idea así por las buenas y decidieron que ya no querían enterrarse en Toledo, sino un poco más al sur. Al pobre Guas quizás no le hiciera mucha gracia que uno de sus construcciones más top (participó en muchas otras, como la catedral de Segovia) perdiera uno de sus sentidos originales, pero, si recordamos la importancia de la publicidad a través del arte, Isabel y Fernando tenían una razón de peso para el cambio. Porque en 1492 tomaron la ciudad de Granada y consideraron que ésa era la hazaña más importante de su reinado (sí, también ese año Colón se toma muy en serio lo de darse una vuelta en barco, pero todavía no eran del todo conscientes del cambio revolucionario que la excursión por las Antillas iba a suponer).

Y, básicamente por esa razón, podemos disfrutar en la ciudad andaluza de esa Capilla Real en la que, ahora sí definitivamente, descansan los Reyes en cuestión. En realidad, las semejanzas con la iglesia toledana son muy grandes, tanto arquitectónicamente (de hecho, ese estilo de transición entre gótico y Renacimiento se conoce como isabelino) como en la decoración (de nuevo, una gran cantidad de motivos que recuerdan a quienes hicieron construir la Capilla).

 Hay un dato curioso: los preciosos monumentos de mármol con las estatuas yacentes de los Reyes (y de Juana y Felipe, a su lado) no encierran los huesos reales. Éstos están justo debajo, en la cripta, dentro de unos modestos ataúdes de plomo. Es lo que tenía esa etapa de transición entre la belleza idealizada del Renacimiento y el rigor medieval que todavía se respiraba.

Chimo Baeza | @chimoeneas

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