¡Qué vienen las (suecas) estruscas!

Piazza di Santa Croce. (Foto: Darío Losada).

«Las etruscas están buenísimas», me advertía mi buen amigo Jorge un día que quedamos para tomar unos vinos y terminamos despidiéndonos a las ocho de la tarde. No es que sean italianas, que también, es que no hay una dejada de la mano de Dios. Firenze: motos, bicicletas y etruscas tremendas, es así.

Piazza di Ghiberti, al lado del Mercato di Santo Ambrogio. (Foto: Darío Losada).
Piazza di Ghiberti, al lado del Mercato di Santo Ambrogio. (Foto: Darío Losada).

No crean que no le he intentado buscar una explicación racional, mas lo único que he encontrado es que entre su melena negra, su cara inocente —con una naricita que parece haber tallado el mismísimo Michelangelo—y sus ojos claros, uno no puede sentirse más que embriagado y preso de amor eterno. Las etruscas te atrapan como secuestraron las sirenas a Ulises en la Odisea de Homero.

Si mis cálculos son correctos, en Florencia hay una media de quattordici ragazze molto belle por centímetro cuadrado. Pongamos por caso que uno va desde la Piazza di Ghiberti a la Basílica di Santa Croce, debería encontrarse, por lo tanto, con unas doscientas cincuenta y siete diosas del panteón grecorromano. Adviértase el lector, uno ya no está para estos trotes, que no es esto la mansión Playboy; en este caso no deben confundirse los verbos copulativos ser y estar (¡bendita la riqueza gramatical que tenemos!). La belleza debe utilizarse con el verbo ser, propio de la esencia, que diría Aristóteles, pues el verbo estar ha de reservarse para un momento concreto, siendo la belleza, la de las etruscas en general y la de la ciudad en particular, completamente atemporal.

También hablé con un hombre, se llamaba Roberto di Santo. Fue en Piazza Santa Croce mientras le preguntaba, curioso, por el Calcio Storico. He de decir que los fiorentinos se sienten, ante todo, fiorentinos. A dos días de la partita contra la Juventus, hombres, etruscas, señoras o niños lucen prendas violas, algo que consideraré como costumbre habitual, pues todavía no he visto ninguna camiseta del club toscano.

Siento decepcionar con mi último párrafo, pues me encuentro en la estación de tren de Rifredi para partir a la ciudad costera de Viareggio cuando una etrusca me cruza por la diestra. ¡Tenía razón Camba! Las italianas son tan osadas que a veces se les da por hablar en italiano, lo que yo considero un acto de provocación sin precedentes históricos pues es algo que no necesitan para nada. Las italianas podrían hablar perfectamente en chino, austrohúngaro, o en el dialecto ruso que utiliza el Manolo Lama de los linkitos en los que se ve el Madrid, cosa que no soporto pues ya podrían hacer algo para ver un partido sin tener que escuchar el nuevo compatriota de los crimeos —gentilicio atribuido por servidor a falta de confirmación oficial de la RAE— ya que me hace doler la cabeza tanto o más que el Lama original.

La cuestión, decía Camba, es que, cuando una italiana dice pomeriggio, o tartaruga o prego, simplemente, no hay Ulises que se le resista. Mención aparte debemos hacer cuando a una etrusca se le da por decir la palabra quattordici —«Debe portare il bus quattordici per arrivare a Piazza San Marco.»—, ya que su boca comienza a describir unas órbitas elípticas de excentricidad pequeña en la r intercalada que parecen pedir a gritos la breve y fugaz aparición de Johannes Kepler para su estudio.

Remato diciendo que mi estrategia con las hermosas señoritas consiste en mirarlas fijamente a los ojos y que a ellas les encanta que las miren así, pues una pequeña sonrisa se les escapa a los dos segundos. La belleza de la Toscana era esto.

Darío Losada | @SrDourado

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