Lingua italiana

«Veintitrés euros con cincuenta», exclamó la señorita al verme decidido, al fin, de llevarme el libro a casa. El objeto de mi paso por El Corte Inglés no era otro que comprar una tarjeta para la cámara de fotos, si bien es cierto, que se ha convertido para mí en un digno ritual pagano el pasar a preguntar si tienen algo de Julio Camba en la sección de libros.

Julio Camba. (Foto: salmonetesyanonosquedan.blogspot.com).
Julio Camba. (Foto: salmonetesyanonosquedan.blogspot.com).

Al arousano lo conocí el día que me lo presentó Manuel Jabois en uno de sus textos. Curiosamente fue el mismo día que conocí al columnista en la estación de tren de Compostela. Yo venía de comprarme Irse a Madrid y Otras Columnas (o Manu, ya no recuerdo) en la librería Follas Novas allá por septiembre u octubre del pasado año, y mientras leía con fruición –vocablo fetiche del columnista–  cada una de las páginas que inician el recopilatorio, un señor, joven pero con aire de dandi, de barba, media melena ondulada y una cierta reminiscencia a Quique González, ojeaba furtivamente las tapas del mi libro, a la par que se observaba una tímida sonrisa en su rostro, como diciendo para sus adentros «Joder, de puta madre, lo está leyendo, de puta madre» . Uno, que por miedo a recibir una réplica que lo tachase de acosador y, lo que es peor aún, de lector de autores desconocidos, se guardó la pregunta donde se guardan las preguntas que no se preguntan: en la mesita de noche.

El caso es que yo pregunté por Camba y me dijeron que sí, que esta vez sí les quedaba algo pero que no sabían donde lo habían puesto, pero que estuviese tranquilo que estar, estaba. Tan galaica me sonó la contestación que me dirigí a comprar la dichosa microesedé que hiciese de testigo a mi paso por Florencia, (Florencia: Il Duomo, Il Ponte Vecchio, el David de Michelangelo, la cúpula de Bruneleschi, el Comunale, Santa Croce y el Jabato,) mientras las dos señoritas, embuchadas en esos pantalones tan bonitos que hacen los del Corte Inglés para las dependientas (nota del autor), siguieron rebuscando entre celas y cortázares.

Pues bien, sigamos; el otro jabalí en cuestión, el dicharachero twittero que se lió a golpes con la vetusta sede de El  Mundo porque pensaba que Pedro J. había entrado una noche de esas de bucle de risa tonta, carallada y chupito de licor café, me había presentado, sin quererlo, a un autor desconocido para los libros de texto y más aún para la gente que tiene a bien distraerse con Las Cincuenta Sombras de Gray. En esa disyuntiva me hallaba de pues los libros que yo quería del viajero-corresponsal-articulista eran Mis Páginas Mejores y Maneras de Ser Periodista. Llámenme maníaco, tiquismiquis o fonsiloaizista, lo único y verdaderamente ineluctable es que el trabajo que hacen los de Pepitas de Calabaza me parece genial y cuidado; mientras que los de Libros del KO publican, y no lo digo yo, ojo, más o menos lo que les sale de los huevos.

Bien, pajas mentales aparte, el libro en cuestión, Crónicas de Viaje, se me presentó con un título idóneo para el trayecto y mis estancias de diez horas en el Aeropueto de El Prat. Aún así, reticente y a sabiendas de la cantidad de libros que tengo aún por terminar –y por empezar–, me resigné a efectuar la compra sin echarle un vistazo. En el  paxinar ágil y sutil visualicé que el prólogo estaba escrito por Antonio Muñoz Molina, lo cual supuso un punto positivo para los de la editorial Fórcola.

«Lingua italiana, in boca toscana», en la página 211, son las primeras palabras que leí del libro. Lo hice allí, como un voyeur, delante de la chica de los pantalones bonitos y los ojos azules. Todo ello pasaba mientras el Madrid ganaba en Málaga y en mi cabeza se iba escribiendo poco a poco este artículo.

Con Camba en la mochila me arriesgo a ser el guay que se toma un gin-tonic y le gusta Tarantino porque el de al lado dice que eso es lo guay; el mismo guay que se pone la camiseta de los Ramones o la de un equipo random de la NBA si estamos en agosto para ser más guay. Cada vez corro más riesgo de convertirme en una copia barata de los que copian a los jaboises y gistaus, en ese prototipo que instalado como canon de lo guay, de que hay que ser articulista, mourinhista y muchas cosas que acaban en -ista. Ya no importa hacer las cosas bien, solo importa hacerlas mejor que el de al lado.

Darío Losada | @SrDourado

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