No es televisión para adulterio

Chanquete ha muerto.  Pasa así a engrosar la lista del limbo televisivo junto con Chechu, eterno niño de Médico de Familia, Galindo el que salía con Sardá y el sustituto de Pedrerol en Punto Pelota –tuvo un vídeo de impacto y desapareció-. Sic transit gloria mundi.

Y digo que Chanquete tuvo por fin descanso eterno porque en el imaginario catódico-traumático se instaló Antonio Alcántara. No estoy siendo frívolo: vayan a la edición de El Mundo del 7 de Marzo, sección cartas a Abadillo. Un lector indignado por el adulterio del ordenanza que fue. Un quítame de allí esos valores tradicionales. Una tertulia de colaboradores de Jot Down a propósito del tema: no es cosa baladí, no. Varias columnas del ABC –la Jot Down de la Derecha Jot Down-  dedicadas al tema. No son los cuernos a Mercedes, son los cuernos a España. Visto que es improbable que a Rajoy le pillen en semejante descuido ya tenemos a nuestro Hollande estilizado.

La mañana del día de autos el periódico de Abadillo –no me acostumbro aún- publicaba que Televisión Española había decidido censurar la escena del capítulo anterior que mostraba la caída en la tentación de nuestro hombre del CDS con el personaje interpretado por la actriz Ariadna Gil, Yoko Ono patria (días después Marcos Mencía hizo la misma apreciación, prueba del odio africano que la mujer de Trueba ha inoculado en el público). En palabras del director de la serie, se eliminó el “beso que debían darse antes de que entraran en la habitación” porque le “impactó muchísimo”.

Y es que ni siquiera se trataba de una escena de cama. Era el ósculo de la discordia. Quizá para este viaje no hicieran falta alforjas. De todos modos, el ente se garantizaba así guarecernos del trauma que unas imágenes de tal cariz hubieran provocado –para qué está la televisión pública si no. ¿Censura? No, sólo un padre protector que quiere lo mejor para sus contribuyentes hijos-. Ojalá esa actitud paternalista que adoptó TVE la hubiera tenido para con los que sufrimos la gala de selección de nuestro candidato a Eurovisión de hace unas semanas. Quienes aguantamos estoicos esa penitencia necesaria antes de la catarsis del excelso festival de mayo lo hubiéramos agradecido. Pero ese es ya otro tema.

Antonio Alcántara (Imanol Arias) tras haberle sido infiel a su mujer con Paz (Ariadna Gil)
Antonio Alcántara (Imanol Arias) tras haberle sido infiel a su mujer con Paz (Ariadna Gil)

Conviene resaltar el anacronismo que supone que TVE se ande con estos remilgos a estas alturas del partido. España es el país de Jorge Javier –el Jay Leno de Badalona- y  Sálvame –espacio que puede ser reivindicado por fin como programa de culto ahora que Hughes y el resto de nuevas generaciones de ABC (a diferencia de las populares éstas parecen buenas) salen en las marquesinas de Madrid y las provincias, que al fin y al cabo eso es España-. Pero también es cierto que la televisión pública, al menos en estos lares, siempre ha vivido en una realidad paralela por aquello de dar a la audiencia no lo que quiere, sino lo que supuestamente necesita según el criterio arbitrario de un apparatchik cultural. En definitiva, se sigue pensando que la televisión tiene que ser ejemplarizante.

En 1992 el presidente George Herbert W. Bush, que era más listo que su hijo, declaró en un discurso sobre valores de la familia americana que ésta debía ser “más como los Waltons y menos como los Simpsons”. The Waltons fue una serie de la CBS de gran éxito en los setenta que narraba la vida de una familia rural de Virginia durante la gran depresión y la segunda guerra mundial.  Los Alcántara eran nuestros Walton aburguesados, al menos hasta el capítulo fatídico. George Herbert, no el presidente, sino el quinto conde de Carnarvon, justificaba el adulterio lo de Alcántara de esta forma: “el alma necesita pocas cosas; el cuerpo muchas”. “Es el signo de los tiempos”, añadía en la serie un atribulado votante del CDS que asistía a la debacle de Suárez en los cuarteles de invierno de la coalición centrista. A Suárez le consolaron Madrid y su Ávila natal del mismo modo que Minnesota fue el mojón azul de Mondale en el mapa electoral color rojo republicano –a lo estadounidense- de 1984. La tierra, igual que la tentación, tira. El corazón y la entrepierna que predominan frente a la cabeza, ya se sabe. El pecado original.

En el capítulo del pasado jueves, y ya hecho público el engaño, no hubo perdón. Decía Stendhal que las mujeres apasionadas perdonan la infidelidad, pero Stendhal era francés y en Francia se perdonan muchas cosas. Incluso más allá de los Pirineos eso ha cambiado: si te llamas Valérie Trierweiler –o Spiro Agnew o Max Power- hay comportamientos que no puedes disculpar. Es algo que deja impronta desde que a uno le inscriben en el registro civil, que es el primer paso para pagar impuestos.

Los Alcántara se rompen y España se duele por ello del mismo modo que en su tiempo a Unamuno le dolió España –y quizá aún le duela-. Esto va de ir pasándose los agravios de mano en mano y mirar con rencor a Imanol Arias cuando salga a la calle, al menos mientras vaya vestido de Alcántara. Si va de Vicente Ferrer la historia será muy otra.

Por cierto, que quiso el guión que la gran traición, el hecho que quitó el sueño a tres millones y medio de espectadores, coincidiera con la victoria de Felipe. ¡Que vienen los socialistas! Cago en la leche, Merche.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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