Un amor para siempre

No recuerdo la edad que tenía la primera vez que la vi. Pero me enamoré al instante. De colores primaverales, parecía dibujar uno de aquellos extensos prados de tulipanes en las afueras de Amsterdam. Aquella ciudad que tardaría en visitar y en la que acabaría dejando alguna que otra huella. Pero volvamos a ella. Quedé prendado al instante. No solo era la gracia que desprendía. Una alegría como innata, pueril. Sin esfuerzo sonreía y jugaba con su sonrisa aterciopelada. Con una mirada de lince, penetrante y seductora. Era irresistible. Jamás podría olvidarla.

Se movía… Cómo se movía. Era inocente y traviesa a la vez. Yo sentía que no podía dominarla del todo. Era una sensación que me sobrepasaba. Me excitaba tanto que superaba mis sentidos. No podía controlar todo aquello. Mi mente respiraba primavera. Me notaba agitado, con una especie de cosquilleo por dentro. Nada nuevo, que dirían algunos. Pero yo no entendía nada. Lo intentaba con todas mis fuerzas. Ponía cara de concentración. Y trataba de que mi cuerpo, entonces más minúsculo y menos desarrollado que ahora, me obedeciera. Pero me faltaba aún algo de coordinación y sobre todo, determinación. Mas ganas no me faltarían. Ni aquella tarde que la conocí ni el resto de mis días.

El balón, ese amor que todos tuvimos de pequeños.(Foto: Dreamstime.com)
El balón, ese amor que todos tuvimos de pequeños.(Foto: Dreamstime.com)

A su lado me sentía vivo. Muy vivo. Disfrutaba. No sé por qué pero sonreía. Y me enfadaba a la vez. Ella era capaz de hacerme sentir todo y nada. Cuando caía la luz ya no podía verla más. Mis padres decían que hacía frío fuera. No me dejaban volver muy tarde. Yo obedecía mucho de pequeño aunque tuve siempre alma de rebelde. Inquieto. Como ella. Necesitaba moverme. Jugar. Vivir.

La primera vez que la conocí no recuerdo qué edad tenía. Pero sé que me enamoré al instante. Era una pelota de color rosa y azul. Yo estaba en una casa de Olesa de Montserrat que años más tarde descubriría por fotos y a la que nunca volvería. Había una pista de tenis de tierra batida. Estábamos los dos solos. Ella y yo. Yo y ella. Aquello fue un amor a primera vista… Y para toda la vida.

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