La importancia del ser

Instintivamente, ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien, para que no se descubriera su condición de nadie; en Londres encontró la profesión a la que estaba predestinado, la del actor, que en un escenario, juega a ser otro, ante un concurso de personas que juegan a tomarlo por aquel otro.

No descarto incluir este párrafo de Borges en mis memorias, que no están muy lejanas, cambiando actor por abogado y Londres por Madrid. Digo que no puede faltar mucho para ellas porque la pasada semana descubrí, los ojos como escarpias, los cabellos como platos, que se ha empezado a rodar una película sobre la vida de Lionel Messi. Y es que con el argentino comparto multitud de detalles, empezando por el año de nacimiento o las inquietudes intelectuales. Los dos, abrumados por el cariño terráqueo, afrontamos además una hermosa decadencia en plena veintena. Para dejar paso al resto, que marcar el paso cansa.

Llegado este punto, había pensado ponerme estupendo y hablar de mí. Y de paso, soltar la crítica de rigor a las masas, el rebaño y demás comentarios de escritorzuelo petimetre. Wannabe, que se dice ahora, imagino que en homenaje a las inolvidables Spice Girls.

Sobre la marcha, haciendo alarde de cintura, llegado este momento –se me escurre el texto, por entre los dedos, paso a verlo un tiempo y no un espacio–, voy a saltarme el halago a mis múltiples virtudes y pasar directamente a los palos. No sonriáis, que va por ustedes (Ortega Cano en la arena/ Yo a Cartagena le digo ¡viva!./ Ortega Cano en la arena/ Vaya faena, canela fina, temazo de la Jurado).

Tresn gasolinero trepando Despeñaperros
Tresn gasolinero trepando Despeñaperros

En estas petimetrías no me pondré metafísico, cual Dragó, ni maruja, cual Peñafiel. Seré claro y meridiano, dentro de mi galleguidad, y más fino que el Scorsese último, que menuda ordinariez de diálogos se ha marcado.

Desde que tengo uso de razón, hecho que coincidió con la marcha de Irureta del Deportivo y mi consecuente portabilidad al Real Madrid mágico de profesor Vanderlei, siempre me ha inquietado un hábito de los comunes: poner peros al desempeño de los mejores. “Qué mal viste Botín.” “Qué mal tira las faltas Cristiano.” “Qué aburridos son los suizos.” “Qué tonto es Justin Bieber.” El que articula éstas y otras perlas suele ser un mediocre al cual grupo ha otorgado autoridad para opinar de lo que considere oportuno. Un disparate, como si el arzobispo de Barcelona se metiese a comentar la política de fichajes de un club de fútbol.

Aunque aquel tema me irrita especialmente, se ha visto desbordado por una moda sorprendentemente extendida. Mal de muchos, epidemia, que dice el rector de mi iglesia de cabecera. Respiro profundamente y lo nombro: el running. Ha de decirse así, correr suena a poca cosa.

“-Salgo a correr, que estoy preparando el Ultra trail del Mont Blanc [nota del autor: ciento sesenta y ocho kilómetros]. –Ah.”

“-Tenemos que retrasar el brunch, tía, que voy a salir a hacer running [nota del autor: siete minutos]. –Jo, ¡qué guay!, ¡qué planazo!

Es triste ver, ya no las calles, sino maratones, medias y otras carreras del montón plagadas de miles de participantes con los deberes del entrenamiento más o menos hechos. Habrá quien se alegre, yo que me pasé la infancia veo llover suelo sacar la lectura negativa de las cosas. Hubiese sido un magnífico inspector de Hacienda. Estamos hablando de gente que, por seguir la moda, es capaz de seguir un entrenamiento, dedicar un tiempo de forma habitual, gastarse un dinero, madrugar, sacrificarse, experimentar sus límites, enfocarse en una meta.

Es lamentable, por dos razones. La primera, que van todos como motos, complicándome la clasificación. La segunda, que tan fuerte pasión sólo se aplica a una afición. En las grandes plazas –el trabajo, la religión, la familia, los amigos-, sólo a cumplir. Da ganas de gritar lo que El Gallo, matador genial según los que saben, a aquélla locomotora alegre y silbadora al llegar a Atochaesos cojones, en Despeñaperros.

Luís Teira | @luisteira

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