La Montaña

La Montaña

Justo en frente de mi casa tengo una montaña que me saluda cada día con una expresión diferente. Alejada de la melancólica Compostela, que por estas fechas nos contempla entre charcos, Rebajas de Enero y ciclogénesis de paraguas rotos, se eleva con el aire nostálgico que le confiere un huraño pino en la cumbre, acompañado solitariamente por un conjunto de penas.

Permítanme el galleguismo, pues el jugar con el doble sentido hace que me resigne a pensar que es más que una elevación de terreno impasible al tiempo. Una pequeña avioneta, alegre como una semicorchea en una partitura de Wagner, fluye entre las nubes que la envuelven; y se aleja, poco a poco, de ella, como Aves de Paso en busca de un clima más cálido. En mi cabeza aparecen Willy Fog y Huckleberry Finn, y los Hobbits, refugiados, entre las montañas de su Comarca, donde no entran trolls ni orcos, ni los romanos de Astérix y Obélix; y me siento preso, maniatado, retenido, en una cárcel que no tiene barrotes.

Mucho se ha escrito sobre la magdalena de Proust y uno, a pesar de que no ha leído ninguna de las siete partes de la obra,  siente a La Terciaria como el postre que retrotrajo al genio a su infancia con la salvedad de que, en este caso, las páginas se saltan hacia adelante en lugar de hacia atrás. Allí se escriben deseos, sueños y una lista interminable de por qués a cada instante tras ella. Y sin embargo, al ritmo de una nana y en la nada más probable que tras de sí ocurra, un estadio poco alejado a la sensación de sostenerse entre el cadente movimiento que hacen las olas mecidas por Poseidón, me invade profundamente y me lleva refugiarme en mis adentros, permaneciendo sin respuesta el acertijo.

Playa de Lóngara, Barreiros. (Foto: Julián Bouza, rhasalgueti.com)
Playa de Lóngara, Barreiros. (Foto: Julián Bouza, rhasalgueti.com)

Por la noche, La canción más hermosa del mundo la escriben las copas de los árboles mientras bailan; yo naufrago en los veranos de San Miguel, donde las olas de Lóngara te llevan a la orilla entre surfistas y goles de chilena, y en el que cada noche, después de cenar, se disputa el campeonato del mundo de escondite al aire libre. Aquí, los perros aúllan a la luna llena y, entre susurros, escucho al tiempo despedirse. Una tristeza se apodera de mí y me embriaga profundamente, pues no hay para uno mayor temor en la vida que seguir el camino sin ser capaz de recordar los pasos que se han dado.

Una profesora de filosofía me dijo una vez que si un individuo perdiese todos sus recuerdos, le daría igual vivir o no, pues no existiría nada a lo que poder sentirse unido (1). Yo, reacio a pensar que no tener recuerdos no tiene por qué impedir generarlos, le respondía que si un hombre, por muy lúcido que pudiese esstar, se viese privado de todas las facultades físicas y fuese incapaz de relacionarse, no podría ser considerado un ser humano (2). Después de los despueses, no es lo mismo vivir que estar vivo, y un recuerdo no expresado es, básicamente, olvido.

Para un niño esto es más difícil todavía. Sus recuerdos se generan a través de los sentimientos que les producen las cosas. Se enfatiza así con los colores, las formas, los ruidos y, generalmente, con todo lo que tenga que ver con el corto plazo. Una vez haya pasado un cierto tiempo, los recuerdos son almacenados desde un punto de vista subjetivo, volviéndose borrosos o, simplemente, siendo reemplazados por recuerdos nuevos. Cuando era más joven creía en nunca me olvidaría de nada. No hablo de los exámenes de Conocimiemto del Medio ni de que es lo mismo una negra que dos corcheas, por mucha envidia que le puedan tener a Beyoncé. Hablo de saltar en los charcos, del día en el que los de cuarto les ganamos el partido a los de sexto, de Redondo, de Zidane, de Ronaldo.

La Montaña
La Montaña. (Foto: Darío Losada)

Decía Machado que su infancia «Son recuerdos de un patio de Sevilla», pero la mía todavía no ha terminado. Yo digo Adiós, adiós, miro a la niebla y me imagino detrás de la montaña. Llevo ya veintiún kilómetros a la espalda y aún no he recorrido la cuarta parte del viaje. Detrás de ella no sé lo que hay, no he dejado de soñar en que de mayor yo quiero ser un niño. No me preocupa llegar tarde ni cansado, ni tampoco ser el primero o el último, me preocupa perderme en el camino y no volver a encontrarlo.

Algunas veces vivo y otras veces,
la vida se me va con lo que escribo.

Joaquín Sabina, Que se llama Soleadad.

Darío Losada | @SrDourado

*Filmes relacionados:

(1)· Memento, Christopher Nolan
(2)· La Escafandra y la Mariposa, Julian Schnabel
(3)· La vuelta al mundo de Willy Fog, Claudio Biern Boyd

*Libros relacionados:

(1)· Las aventuras de Huckleberry Finn, Mark Twain
(2)·  El Señor de los Anillos, JRR Tolkien
(3)·  En busca del tiempo perdido, Marcel Proust
(4)·  Campos de Castilla, Antonio Machado

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8 Comments

    1. Al final recuerdas como un niño: impresiones y sentimientos. A lo que me refería en esa parte del texto es al “No me acuerdo de olvidarte”, que aparece en Memento; a que es imposible recordar cuando olvidamos algo.

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    1. Al final recuerdas como un niño: impresiones y sentimientos. A lo que me refería en esa parte del texto es al "No me acuerdo de olvidarte", que aparece en Memento; a que es imposible recordar cuando olvidamos algo.

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