Siempre llueve en los días inolvidables

Hace 2 años, con la Unión Deportiva Salamanca aún en Segunda División, aún viva, comenzó a llevarse a cabo un concurso en los descansos de los partidos similar al del Gol BBVA; el juego era el mismo, los premios lamentablemente no. Había 3 lanzadores, previamente seleccionados por sorteo, y para entrar en dicho sorteo únicamente había que inscribirse mandando un correo electrónico a la dirección del club.

40, 50, quién sabe cuántos partidos jugó la Unión en casa desde que comenzó el Gol Milar; no había semana que no mandara mis datos, ni una sola que no estuviera plenamente convencido de que esa vez sí, de que ya tocaba. Y tocó. A 5 jornadas de finalizar la última temporada de nuestra historia sonó la flauta. Me enteré por teléfono en los cinco minutos de descanso entre clase y clase. Podía haber llamado durante los 50 minutos de la clase, pero el destino ya me tenía preparada la aventura. Era Filippo. «Te ha tocado».

Meses atrás, publiqué en Twitter uno de esos muchos proyectos que cada año me suelo proponer y que se van postergando en el tiempo llegando a formar parte de los proyectos del año siguiente. Hace ya tanto tiempo que ni siquiera recuerdo cuál fue el primer año que me prometí ir a ver un partido de la Premier; igual existían las pesetas. Pero esta vez no fue así. El propósito era ir a San Mamés y San Mamés no esperaba más.

ErramunSebal, protagonista de la escena amateur más pornográfica de la historia de Twitter, pagaba la entrada, y yo, como agradecimiento, le obsequiaba con la que a posteriori sería la última camiseta de la Unión. Pero para costear camiseta y viaje había que meter el gol. Lo que conseguía vendiendo el premio (una consola bastante rara, por cierto), sufragaba de sobra los gastos. Y metí. Era el gol que daba billete a un Athletic – Barça. Si quieres no.

Todo fue muy rápido: El domingo marqué el gol, el lunes me dieron el premio, el martes lo vendí, el jueves compré la camiseta y el sábado ya estaba camino a Bilbao. Sábado que por otra parte amanecía soleado en Salamanca, pero no así en el País Vasco. Era demasiado pronto para comer y paro a visitar a un amigo en Vitoria. Charlamos, le cuento la locura que me había llevado hasta allí y salgo para el partido, con tan mala suerte que bajando un puerto piso el freno en una carretera cubierta de granizo: Hostión a 120 por hora. El plan está muerto, la noticia es que yo sigo vivo.

Tres horas esperando en un depósito de coches de vaya usted a saber dónde para confirmarme el seguro que el coche se queda ahí hasta el lunes. Llamo a Erramun y se activa la operación «Aún hay tiempo». El amigo que visité me acerca a Bilbao, Sebal espera a la puerta del estadio; estamos allí, el día ha sido una puta mierda, pero estamos allí, en uno de los campos más míticos de Europa. Y llueve. Siempre llueve en los días inolvidables.

No he visitado muchos campos de fútbol pero sí los suficientes como para saber que aquello era distinto. Seguro que alguien ya lo ha dicho, pero San Mamés respira. Late. Tiene vida propia. Es como si de sus entrañas salieran «Uyyyy» que hacen retumbar el asiento. Ves a tíos gritando en todas las partes del estadio, por momentos percibes que si te ven con una bolsa de pipas no dudarán un segundo en abalanzarse sobre ti.

Antiguo estadio de San Mamés (Bilbao)
Antiguo estadio de San Mamés (Bilbao)

El Barça, sin Messi en el once, domina los minutos iniciales, pero la presión de los de Bielsa les dificulta la salida de balón; tanto es así, que en el 27 una recuperación de Aduriz en campo rival se convierte en un pase de la muerte que sobrepasa a Valdés y Susaeta no perdona. 1-0 y es descanso, Erramun tiene que volver al curro. Comienza la segunda parte, calienta Messi, sale Messi, lo empata Messi, regala el segundo a Alexis. Messi acaba de salir y nos acaba de amargar la noche. Lo hace cada semana, pero esta vez nos tocó a nosotros.

El partido parece sentenciado, el Barça le ha dado la vuelta y apenas sufre para mantener el resultado. En el aire se palpa la oportunidad maravillosa que se ha perdido para alejarse del descenso. Me dirijo a una de las salidas del estadio, he de coger un autobús que me lleve al aeropuerto para alquilar otro coche, pero es el minuto 92 y algo me retiene dentro; cuesta mucho despegarse de aquello que sabes que no volverás a ver jamás. Sigo allí. Con un pie fuera.

Y gol.

No se sabe cómo ni por qué Ander Herrera acaba de empatar el partido. Durante varios segundos pierdo la noción del tiempo; la gente se abraza, me abraza, todos saltan, algunos se besan, sin rollos raros, pero se besan, el Athletic ha empatado. Y yo estoy allí. Con un pie dentro. Como uno más. Como si llevara veinte años yendo a San Mamés con mi bufanda del Athletic. Como si conociera a aquellas personas de toda la vida. El árbitro pita el final y la Seguda División está un punto más lejos. Suena el himno y me voy feliz, con la sensación de haber vivido otra historia que contar a los 70.

Roberto Rodríguez | @Roberlusconi

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