A 500 va el poeta

¡Qué tranquilidad violeta,
por el sendero, a la tarde!
A caballo va el poeta…
¡Qué tranquilidad violeta!

Buenos tiempos para la lírica. Recuerdo, como puntualización muy repetida durante mi etapa escolar, un mantra que dicen los más à la mode, aquello de que el arte se sofistica con el hambre. No porque los poetas compongan antes de desayunar, sino porque en los grandes momentos de dificultad se agudiza el ingenio. No hay más que citar el Siglo de Oro, cuyo esplendor aumentaba conforme se torcía el imperio –nota de fino jurista: imperio que nunca se llamó tal, sino Monarquía universal española-; la Generación del 98, en pleno fin de fiesta patrio allende los mares; o el apogeo de trovadores madridistas, gistaus y jaboises, favorecido y espoleado por los triunfos de la sección deportiva de Convergència i Unió.

Por esos senderos andaba, a lomos de mi FIAT, porque Juan Ramón Jiménez  iba a caballo, pero desde Cela no hay duda de que el artista actual necesita más motor. Nunca vivió con estrecheces, el de Iria Flavia, aunque su último compañero, respetado Jaguar, no estuviese al nivel, en fondo y forma, de la limusina blanca conducida por la Alcarria por aquella Otelinha, choferesa de la que hablaremos más adelante. (Me vais a permitir que utilice el plural mayestático, como los emperadores o las bandas terroristas. Es un sueño que siempre he tenido. En caso de que alguien se sienta incómodo, que me lo diga sin ningún problema. Sin acritud, que diría Mr. X. Si eso sucede, mi próxima columna -o pilar, es un extremo éste que tengo que aclarar con mi arquitecto de cabecera- empezará con un “Nos, Ludovicus…” y estará íntegramente en latín.)

Juan Ramón Jiménez (Foto: huelvabuenasnoticias.com)
JRJ, autor de “Balada del poeta a caballo”, imaginando el teléfono móvil.  (Foto: huelvabuenasnoticias.com)

Por esos senderos andaba, como decía, preguntándome si no será una ilusión la tan mentada recesión. Miro a mi derredor y no podemos estar tan mal. No se escucha el ala aleve de una manada de genios, fuera de Fernando Arrabal o Karim Benzema, que indique, con la precisión del mercurio, que estamos hechos unos zorros.

Así, muy tranquilo, con desdén zapateriano, puedo concluir que ni hay ni ha habido crisis. No es que no estemos tan mal, sino que todo está en orden. No sabría poner color a mi tranquilidad, si acaso la tildaría de galaica, pero lo importante es comunicar mi hallazgo. No hay, en las artes, joyas tan brillantes como para afirmar que estamos jodidos, ni en España ni en el mundo.

Sólo perturba mi tranquilidad no saber quién habrá generado esta confusión. Se me ocurre que algún loco puede haber implantado en nuestros sueños, como en la genial “Origen” –Di Caprio, siempre Di Caprio-, la idea de este monstruo que no existe. No se me ocurre otra explicación para tan generalizado error en el imaginario colectivo, que dirían los más horteras del lugar.

Vienen a mi cabeza otras explicaciones, pues es sabida la facilidad del gallego para sembrar dudas (pueblo labrador, como los perros antidroga, qué paradoja), sólo comparable a su tolerancia a la lluvia. De todas formas, conviene saber poner punto final, y dejar para otro día los puñados de inquietudes que me asaltan y que probablemente queden sin respuesta. Como lo quedó la sospecha de Torrente Ballester sobre Otelinha y su amigo: “¿oiga, y usted cree que Camilo se habrá tirado a la negra?”.

Luís Teira | @luisteira

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