Maxwell, las Blue Mountains y Aron Ralston

Aron Ralston (Foto: weredogpeople.wordpress.com)
Aron Ralston (Foto: weredogpeople.wordpress.com)
En 1865, James Clerk Maxwell publicó A Dynamical Theory of the Electromagnetic Field, en donde presentó ocho ecuaciones – posteriormente Oliver Heaviside las condensó en cuatro: las conocidas ecuaciones de Maxwell – que explican los fenómenos electromagnéticos.  Unas décadas después, el físico alemán Gustav Mie, encontró una solución a las ecuaciones para la dispersión de la radiación electromagnética por partículas esféricas. En otras palabras: Gustav Mie resolvió las ecuaciones de Maxwell – que dicen cómo se comporta la luz – cuando las ondas electromagnéticas provenientes del Sol chocan con partículas esféricas de la atmósfera.
Nuestros ojos solo son capaces de detectar las ondas electromagnéticas cuya longitud de onda se encuentra entre 380 nm y 780 nm (un nanómetro corresponde a 10-9 metros), por lo que ese rango es denominado espectro visible o luz visible. Cuando esa luz entra en la atmósfera, comienza a colisionar con las partículas que se encuentra a su paso, produciendo dos tipos de dispersión: la dispersión Rayleigh y la dispersión Mie. ¿Por qué dos dispersiones? Porque una explica cómo se comporta la luz cuando su longitud de onda es mayor que el tamaño de las partículas con las que colisiona (dispersión Rayleigh), y otra nos muestra lo contrario: qué sucede cuando la longitud de onda de la luz es menor que el tamaño de las partículas (dispersión Mie). La dispersión Rayleigh explica por qué el cielo es azul, mientras que el color rojizo de Marte o el grisáceo de los días de lluvia está sustentando en la dispersión Mie.
A 50 kilómetros al oeste de Sydney, comienza una cadena montañosa denominada Blue Mountains o sierra Azul. La razón por la que los lugareños decidieron ponerle ese nombre se debe a que desde la lejanía las montañas quedan cubiertas por una neblina azul-grisácea – provocada por la dispersión Mie – que, junto con el verde de las montañas, da un aspecto azul pálido a las laderas.
Blue Mountains (Foto: wikipedia.org)
Blue Mountains (Foto: wikipedia.org)
Las Blue Mountains guardan lugares recónditos, exuberantes e idílicos para los amantes del barranquismo. Lugares que los GPS no detectan y solo el boca a boca es capaz de llevar al aventurero hasta los barrancos ocultos, como el Bennett Gully, el Orongo, el Danae Brook Canyon o el Empress Canyon.
Los aborígenes australianos llevan practicando este deporte desde antes de que se calificara como tal, solo por la necesidad de explorar el terreno, sin ningún tipo de equipamiento. Debido a la dificultad de descenso de algunos cañones, no fue hasta los años sesenta cuando los más profundos pudieron ser explorados por australianos con ganas de soltar adrenalina. Según un reportaje realizado por National Geographic en noviembre de 2011, «esos audaces individuos suelen tener piernas de jugador de rugby, rodillas surcadas de cicatrices, una resistencia de pingüino al agua fría, una agilidad de canguro para saltar de roca en roca y una habilidad de topo para arrastrarse por oquedades húmedas y oscuras. Visten zapatillas de tenis, shorts desgastados, polainas desgarradas y forros polares baratos. Acampan junto a pequeñas hogueras y se preparan sándwiches con todo tipo de ingredientes para el desayuno, la comida y la cena».
Claustral Canyon (Foto: sarahtruscott.wordpress.com)
Claustral Canyon (Foto: sarahtruscott.wordpress.com)
Los cañones habían permanecido ocultos para el visitante hasta que el físico Rick Jamieson decidió escribir una guía  en la que desvelaba algunos secretos. Siguiente el estilo de Maxwell, condensó en una guía, Canyons Near Sydney, la naturaleza de los enigmáticos cañones, cómo dar con ellos y descenderlos, provocando los halagos de los noveles y las críticas de los veteranos, como el barranquista Dave Noble, quien lleva a sus espaldas alrededor de 70 primeros descensos en las Blue Mountains. Aunque la guía de Jamieson supuso un acercamiento al gran público, el descenso de barrancos es un deporte sujeto a unas variables que hacen que cada cañón cambie de un día para otro, como el caudal de agua, por poner el ejemplo más relevante.
Al parecer, entre los barranquistas de la zona, es común llamar «ralstone» a las piedras que ruedan (en inglés, roll stone). Aunque la pronunciación es parecida, no es esa la razón por la cual han decidido deformar el nombre, sino por la similitud que tiene con la famosa roca que cayó sobre el brazo de Aron Ralston cuando se encontraba en un cañón de Utah. Esto nos lleva a la última parte de la historia.
Año 2003, un excursionista decide atravesar el Blue John Canyon en solitario. Su nombre es Aron Ralston, conocido mundialmente por 127 horas, la película de Danny Boyle protagonizada por James Franco que narra la historia de un ingeniero que se quedó atrapado en el cañón durante más de cinco días. Tuvo la mala suerte de pasar por un tramo estrecho cuando una roca cayó sobre su brazo, quedando éste atrapado entre roca y pared.
Sin agua, sin comida, sin móvil y sin ropa de abrigo sobrevivió durante 127 horas. No había dicho a nadie dónde pensaba pasar el fin de semana, ni siquiera el tiempo que iba a ausentarse. Así que, sin esperanza de que alguien llamara a los servicios de emergencia, esperó a que algún excursionista pasara por allí. Sin embargo, en mitad de ninguna parte, las probabilidades de que pasara alguien por el cañón eran bajas. Desesperado por la situación, sediento y hambriento, cogió la cámara que llevaba encima y grabó su despedida:

A pesar de dejar constancia de su situación en este y otros vídeos, Aron Ralston, posiblemente  guiado por el delirio, tuvo una última idea: cortarse el brazo con una navaja multiusos que, según dijo: «era lo que obtendrías si compraras una linterna de 15$ y te regalaran una herramienta multiuso». La marca nunca se supo, pero Ralston dejó bien claro que cortar, no cortaba demasiado. Como es más emocionante verlo que leerlo, escuchemos a Aron Ralston contar cómo se libró de su brazo para salir de allí tras 127 horas atrapado.

La odisea no acabó en ese momento. Una vez liberado de la roca, recorrió alrededor de 27 kilómetros y rapeló una pared de 20 metros…todo ello sin brazo, muerto de sed y hambre, y con los buitres rondando su cabeza cada vez que caía al suelo.
Seis meses más tarde, con la idea de esparcir las cenizas de su brazo y grabar un episodio de NBC Dateline, Aron Ralston regresó al lugar en el que permaneció atrapado más de cinco días. Su historia quedó inmortalizada en el libro Entre la espada y la pared, escrito por él en 2004, un año después de la tragedia, y en la película ya mencionada, 127 horas, nominada en 2010 a seis premios Oscars, entre los que se encontraba mejor actor (James Franco), mejor película y mejor director (Danny Boyle y Simon Beaufoy).
Diego Duque
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