El libro como burbuja

No sólo de burbuja inmobiliaria vivió España en los buenos tiempos. Cuando ésta explotó -y con ella, el modelo económico en el que se había basado el crecimiento económico del país otras muchas burbujas delicuescentes –permítanme la innecesaria licencia; ansiaba usar esta palabra- , se desvanecieron.

Seis años después del colapso aún hay sectores sobredimensionados. Uno de ellos, muy notorio, es el de la prensa. También el de las tertulias políticas en televisión, aunque quizá la condición de burbuja en este caso sea muy personal y se deba al espasmo que me provocan. Más imperceptible pero demostrable es la burbuja del sector editorial. El ministerio de Educación, Cultura y Deporte publica anualmente el informe “Panorámica de la edición en España”. En 2012 –último ejercicio del que se ofrecen datos- el total de ISBNs inscritos (en definitiva, el número de libros editados) fue 104724 títulos, de los cuales 80094 corresponden a libros editados en papel. De estas más de cien mil obras 87978 eran primeras ediciones.

A simple vista estos datos no inducen a pensar en una burbuja del sector editorial. Es necesario indagar un poco más para llegar a un indicador que hace saltar las alarmas: el de la devolución de ejemplares, es decir, el retorno de estos a las editoriales cuando los comerciantes del sector no han conseguido encontrarles sitio en el mercado. En 2012 la tasa de devolución fue del 33,6%. Cinco años antes esta cifra era cinco puntos menor. En 1999 el número de ejemplares que sufrían el penoso retorno a la editorial representaba el 20%.

El libro como burbuja. (Foto: nereanieto.com)
El libro como burbuja. (Foto: nereanieto.com)

España es uno de los países del mundo en el que más libros se publican. Y, en flagrante contradicción, uno en los que menos se lee. Nos superan India, China, Egipto, la República Checa, Rusia, Suecia, Francia, Hungría Hong Kong, Polonia, Venezuela o Sudáfrica. Estamos por delante de Reino Unido, país en el que se editan aún más libros que en el nuestro. Según datos oficiales de 2012 el 37% de los españoles no lee ningún libro al año, y el 4% lo hace sólo cuando el trabajo o los estudios lo imponen. El 59% restante consume una media de doce libros al año.

Al analizar estos datos la pregunta es inevitable: por qué escribimos tanto y leemos tan poco. Internet ha facilitado la proliferación de foros donde expresarnos. Nunca ha sido tan sencillo hacernos oír (¡y leer!). El mayor de estos foros es hoy, sin atisbo de duda, Twitter. También hay que contar con los blogs y con ese fenómeno extendido en los últimos tiempos: las revistas culturales digitales, publicaciones que hacen que las gafas de pasta y el fútbol sean ya cosa indisoluble.

Si para Umbral escribir una columna era como mear, en internet meamos con furia, salpicando en la taza y teniendo que pasar la fregona luego. Tenemos –y me incluyo- la necesidad imperiosa de que los demás sepan qué opinamos de la caída de la prima de riesgo y de la crianza del emú, pasando por los círculos de Stonehenge. Somos hombres del Renacimiento.

Twitter, como la casa de Gran Hermano, lo magnifica todo. Conseguir cincuenta retweets es el paso previo a publicar el libro que derribe al gobierno o, qué coño, al Fondo Monetario Internacional. Todos queremos ser Woodward o Bernstein, pero muchos, ay, no tenemos el nivel para ello. Por eso me epata la facilidad con la que se pretende pasar a la editorial partiendo de los ciento cuarenta caracteres, el portátil, la coca cola, el bote de pringles y Carrusel Deportivo. Y me desconcierta aún más que los editores se muestren prestos y dispuestos a ello.

La temática más frecuente entre los libros nacidos de Twitter es, inevitablemente, la de la crisis económica. Todo es crisis en España. La situación actual propicia la publicación de infinidad de obras breves, contundentes, reivindicantes de soluciones a derecha, izquierda y centro, de tipografía de gran tamaño y prologuista de relumbrón, concebidas muchas para agradar y terminar de convencer a un sector de la población concreto y predispuesto (lo de la literatura genuinamente provocativa ya no se lleva), llevando así a la realidad el temor que tenía Camba con su fiel lector, pero esta vez sin los reparos del gallego –por cierto, es posible que el de Villanueva de Arosa merezca ya descanso, no vayamos a hacer con él lo que perpetramos con Chaves Nogales. Lo dijo el otro día Hughes y yo, con menos habilidad que la suya, lo suscribo-.

Me dijo un amigo que en la vida se podía pasar dignamente con diez o quince lecturas bien seleccionadas. Este amigo, que tiende a la hipérbole, se quedó corto con la cifra, pero el mensaje que subyace es tremendamente sincero: la calidad, como en cualquier faceta de la vida, es preferible a la cantidad. Más si lo que se publica hoy son, permítanme el anglicismo, revisitaciones de cosas dichas en el pasado.

Y es que Montaigne dijo casi todo en el siglo XVI.

Carlos Hortelano | @CarlosHortelano

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