Nuevos himnos de fe

“Es la idea de una persona que tiene poco dinero, pocos recursos, está trabajando en una fábrica, imagínate, o una empresa, y de repente tiene una idea. Y, entonces, va a su casa y empieza a desarrollarla. Y eso coincide musicalmente, para mí, con el ‘pam-pam PAM-PAM’.”

Cuántas veces hemos escuchado cómo, al parescer de quien lo dice, cualquiere tiempo passado fue mejor. Y lo escribo como lo hiciera Jorge Manrique, sin otro afán que tirarme el pisto. Cuántas veces hemos escuchado, también, lamentos sobre el himno nacional. Porque no dejamos, al pobre, tener letra. Es magnífica la de Pemán, por ejemplo, pero la corrección política convierte a quien realiza esta afirmación en alguien más marginal que una víctima de ETA. Cuántas veces hemos sentido vergüenza al escuchar a compatriotas tararear la Marcha Real, ya sea con lololós o chundachundas.

No son mejores en otras partes. El ruso, el más actual de entre los países con clase, tiene la edad de mi abuelo. El portugués, el italiano, el alemán, suenan a película de vaqueros de presupuesto medio. El británico viste más, porque nos recuerda a los Sex Pistols. El americano es una pieza que pudiera tener lustre, pero que no respetan. Llega febrero, con él la Super Bowl, y tanto te puede salir una Beyoncé como unos Backstreet Boys a cantarle a las barras y las estrellas, que tienen menos lírica que una tesis de ingeniería industrial. El chino no lo conozco. Imagino que será una mala copia de alguno de los citados. O de todos.

Tampoco son más bonitas el resto de marchas nacionales. “Aunque sé que no era la más guapa del mundo, juro que era más guapa, más guapa que cualquiera”, diría un SabinaPrimus inter pares, diríamos los juristas. Habla mejor el rojo, pero gasta demasiada tinta.

Sin embargo, en estos tiempos de parada de mantenimiento generalizada -global, diría un hortera- hay que meter mano a todo. Igual que en la sanidad o en la Erasmus, urge meter mano en los símbolos. Y, siendo la bandera insuperable, con sus rojos y su amarillo -nunca rojigualda, si acaso gules y gualda, advirtiera Cela en la discusión del artículo cuarto de la Constitución-, debe, ¡tiene que!, meterse mano al himno. Nadie en su sano juicio asocia hoy a España con un sonar de pianos, clarinetes y violines.

Julio Iglesias, por Helmut Newton, con su característico e impecable bajo de pantalón.
Julio Iglesias, por Helmut Newton, con su característico e impecable bajo de pantalón.

España suena a Rolling Stones y trompetas. A gaitas y Joy Division. A nuevo y viejo. A recuperación que no recupera. A brotes verdes que no crecen. España, hoy, rima con tieso. España, siempre, tiene que casar con pícaro, con travieso. Y aquí, tras tanto enredo, volvemos a la casilla de partida. Quién iba a decir a Manuel Pacho, autor de la frase cabecera, que la melodía que creó allá por el 89 sería propuesta por este humilde obrero de la viña del Señor como himno nacional.

Y es que sólo una cabalgada de Cristiano Ronaldo,  un “¡UEAH!” de Julio, siempre Julio, una Exposición de motivos made in el Ministerio De Guindos tienen su mensaje, su ruido, su furia. “Una idea que cambia la realidad y crea un gran proyecto.

Ta-ta-ta-tán…

¡TA-TA-TA-CHÁN!”

Luís Teira | @luisteira

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