La paradoja del hombre social

Érase una vez un hombre tan moderno y social que a veces obviaba la esencia de ser humano. Un hombre pegado a un smartphone. Era tal el grado de simbiosis entre ambos que los ayuntamientos habían facilitado la construcción de carriles especiales para usuarios de estos móviles que en algunos casos eran más inteligentes que sus propietarios. Este hombre pegado a su aparato caminaba siempre con la cabeza gacha y había perfeccionado la técnica de tal manera que apenas se producían accidentes por colisión con sus semejantes. Como zombie en busca de alimento, olfateaba y rastreaba hasta la más mínima señal o posibilidad de WiFi. Poco importaban el paisaje, alrededores y los ciudadanos que se desplazaban en los otros carriles otrora conocidos como aceras para transeúntes. No había tiempo para dar los buenos días ni para detenerse a comentar el último partido de su equipo favorito. Eran dos mitades: el smartphone y el hombre; el hombre y el smartphone. Y todo lo que tuviera que decir lo comunicaría por móvil. En busca del mayor público potencial posible empleando cualquiera de las aplicaciones –apps para los modernos- y/o RRSS –Redes Sociales-.

El día que se casó, felizmente a juzgar por la sonrisa que exhibía y disimulando cualquier atisbo de nerviosismo y sudor frío, en vez de pronunciar el famoso ‘sí quiero’ ante su futura esposa, dejó escapar un ‘me gusta’ al más puro estilo de Facebook. ‘Like’, que dirían los anglosajones. Tampoco contrataron ningún fotógrafo para realizar un reportaje como mandaban los cánones y las tradiciones más arraigadas de los enlaces matrimoniales. No. Lo que hicieron fue hacer “un Instagram”. O mejor dicho, “muchos Instagrams”. Después del ‘me gusta’ y salir de la pequeña pero acogedora iglesia, buscó junto a su nueva esposa los rincones más adecuados para combinarlos con toda la gama de filtros: que si ‘Valencia’ mejor aquí con este fondo, que si ‘Sierra’ por la luz allá, por ahí mejor ‘Earlybird’… También había espacio para el blanco y negro o los tonos sepia. Pero aún había más. Después de engañar al paladar con exquisitos manjares, llegó la hora de la música. No había DJs ni música en directo. Todo estaba enlatado en Spotify o iTunes. Ni uno de los invitados a su boda sabía ya lo que era un gramófono.

(Foto: elconfidencial.com)
(Foto: elconfidencial.com)

Viviendo ya con su mujer en una preciosa casa con jardín tamaño campo de fútbol y valorada en una millonada, en vez de comunicarse cara a cara, lo hacían a través del móvil. Sí. Un hombre que whatsappeaba continuamente. Daba igual que su mujer estuviera al lado en el sofá. Era más ‘cool’ decirle algo por WhatsApp y si era con iconos molones y graciosillos mucho más. Un hombre que mostraba más cariño con emoticonos y a través del teclado táctil que en persona. Pero vivía tan alienado en el día a día que apenas reparaba en ello. No eran raras las escenas en las que le pedía a su amor por móvil que le pasara la sal. Quizás algún día aquel hombre dejará de hablar y su voz se perderá en la memoria de los que alguna vez lo pudieron escuchar.

Érase una vez un hombre que podía contar lo que quisiera en pequeños tramos de 140 caracteres. Un hombre que twitteaba. Daba igual el qué, la cuestión era utilizar una herramienta de microblogging para que subiera el número de seguidores y así incrementar su ego y libido social. Decir barbaridades, bromas, diferenciarse con un estilo muy particular… Había que intentar llamar la atención lo máximo posible y así atraer a más gente. Que hablen bien o mal de mí, pero sobre todo, que se hable de mí. Un pajarito azul convertido en el epicentro de su vida. Cualquier cosa que le sucedía a ese hombre, era motivo de tweet. ¡Faltaría más! Con 140 caracteres. “Que sepan que tengo vida social. Y que soy muy guay. O que vivo deprimido y me siento solo. Qué bonito ver cómo una red social me permite sentirme bien acompañado.”

(Foto: lanuevavozlatina.com)
(Foto: lanuevavozlatina.com)

Ese hombre que vivía pegado al smartphone y con todas las apps disponibles para sentirse más social que nunca antes en la historia, obviaba en muchas ocasiones la esencia de lo que significaba ser humano.

Ese hombre que vivía difundiendo contenidos y explicando su vida a través de las redes sociales como mero instrumento de propaganda y fachada mediática, olvidaba que se alejaba más y más de la esencia de la vida. Creía vivir tan conectado a todo y con todos, que en realidad estaba más solo que nunca.

Ese hombre aparentemente tan deshinibido socialmente que había olvidado su propia naturaleza.

Y es que érase una vez un hombre en una sociedad tan moderna y avanzada, que a veces obviaba la esencia del ser humano. Esperemos que ese hombre vuelva. Que no se haya alejado demasiado.

Jordi Iglesias | @chopi_8

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