Manca España

Del mismo modo, me imaginaba que los pueblos que han evolucionado poco a poco desde un estado semisalvaje a otro civilizado, elaborando sus leyes sólo cuando la incomodidad de los crímenes y peleas les ha obligado, no pueden estar políticamente tan bien organizados como aquéllos que, desde el momento en que se reunieron por primera vez, han observado las constituciones de algún prudente legislador.

Podría empezar el año con algo más amable, como una memoria del 2013 que nos ha dejado, despedido entre pitos. Aun habiendo sido un año magnífico para mí, que es lo que importa, no sería mejor mi recopilación que ésta de la guadianesca @martatrenzando, ilustre jurista –y por tanto madridista-. Además, como futbolista decrépito y eterno estudiante, soy más partidario de hacer cuentas allá por julio. Dicho lo cual es probable que, en llegando el mes de mi querido Apóstol Santiago, niegue estas palabras y emplace el resumen al fin del año natural, que es donde termina el ejercicio –a falta de disposición estatutaria, o sea, por pereza- según la legislación societaria vigente en el país.

Podría hablar, también, de los manidos propósitos que hace determinada clase de gente que, pese a ello, conserva el derecho al voto y el permiso de conducción –cuestión esta última que, de forma indiscutible, resulta mucho más inquietante-. Mi único propósito, desde hace años, es empezar el año disfrutando de esa joya de la gastronomía mundial que es el Big Mac. Le Big Mac, que dijo Vincent Vega en Pulp Fiction, otro monumento de nuestra era.

Sin embargo, como llevo en Santiago doce días, de los cuales una docena ha sido de diluvio, no es momento de letras alegres y risueñas, sino de fruncir un poco el ceño, encender la pipa y ponerse estupendo. Por algo he empezado con uno de los pensamientos iniciales de Descartes en su Discurso del método, y no con una estrofa de El canto del loco.

Reino de la Nueva Granada, aún sin Canal. Cuando la mercancía cruzaba en burro.
Reino de la Nueva Granada, aún sin Canal. Cuando la mercancía cruzaba en burro. (Foto: encontrarte.aporrea.org)

Y me pongo agrio, lo poco que puede ponerse un imberbe con acento galaico, por la triste reacción de la mayoría de medios españoles a una mala noticia: uno de los gigantes de la economía patria tiene problemas para terminar la mastodóntica ampliación del Canal de Panamá. No resulta novedoso que, en el país de los expertos, de repente todo el mundo sepa, desde el mismo momento en que el consorcio encabezado por la constructora española obtuvo la emblemática obra –hace casi un lustro- que la misma estaba abocada al desastre técnico y financiero. Y las causas de ambos, faltaría más.

No teniendo yo ni idea de lo uno ni de lo otro, ni siendo mi vida tan vacía como para pontificar sobre temas tan desagradables, cómo me entristece esa alegría que se nos posa a los españoles en el alma cuando a otro españolito se le tuercen las cosas. Va a resultar que la unidad de destino en lo universal no era el odio cainita -qué expresión tan feliz, a la altura de “pertinaz sequía” y “marco incomparable”- que alertara Antonio Machado al “españolito que vienes al mundo”, sino simple envidia de los éxitos del vecino. Y la celebración de sus tropiezos.

Luís Teira | @luisteira

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