El fútbol, la noche de Reyes y aquel gol de Zamorano

– ¿Te das cuenta Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar Benjamín. No puede cambiar de pasión.

                                           [El secreto de sus ojos]

 

Una pasión. No se puede cambiar un sentimiento, esa sensación en la boca del estómago en el instante en que ves a tu equipo saltar al campo, las manos sobre las rodillas cuando pita el árbitro y el balón empieza a rodar, las lágrimas de la derrota y el júbilo de la victoria… el fútbol. Yo lo descubrí el 7 de enero de 1995.

Aún no había cumplido seis años. Era el día siguiente a la llegada de los Reyes Magos, aquellas navidades me habían dejado un pequeño futbolín que aún hoy decora el antiguo salón de juegos de la casa de mi abuela, pero ese día era especial, aquella noche era mi primer Madrid-Barça y en ese momento aún no comprendía del todo lo que aquel partido significaba.

El fútbol, la noche de Reyes y aquel gol de Zamorano
El fútbol, la noche de Reyes y aquel gol de Zamorano

Recuerdo la típica mañana de invierno en el norte, con nieve en la calle y calor dentro de casa, disfrutando de los nuevos juguetes y de aquellas vacaciones que desgraciadamente tocaban su fin, sin embargo en el ambiente se notaba algo especial, yo lo sentía ajeno, como cuando una joven hermosa pasa a tu lado en otoño y pese a la recién estrenada bufanda y el gorro que cubre su cabeza te transmite un olor especial, que te paraliza por un instante y te obliga acto seguido a girarte y seguir sus pasos con la mirada.

Pasé la tarde jugando al futbolín con mi abuelo, aprovechando esos momentos que el tiempo graba en la memoria y a los que sin querer recurres cuando necesitas un apoyo que te dibuje una sonrisa y te permita seguir adelante. Las horas previas al encuentro estuvieron marcadas por partidas interminables, en las que entre victoria y derrota aprovechábamos para repasar de memoria las alineaciones que intuíamos Cruyff y Valdano elegirían aquella noche de enero. Mi abuelo era madridista, seguramente en el fondo hubiera preferido que yo también lo hubiese sido, aunque fuera por haber podido gritar juntos aquel gol de Mijatovic en el 98, pero yo casi sin darme cuenta, como ocurre con la mayoría de las cosas que realmente importan en la vida, ya había tomado la decisión de ser como dice Jabois “un madridista sin avisar”.  A medida que se acercaba la hora del partido, me iba poniendo más nervioso,  imagino que deseaba sentir lo que era un “Madrid-Barça”, la forma en que llamábamos a aquel partido antes de que pasara a ser el “Clásico” y “El Partido del Siglo” cada año.

Mi abuelo sigilosamente me dejaba ganar, así que, en un ataque de sinceridad y espontaneidad infantil le pregunté “¿Abuelo, quién quieres que gane?” Él me miró con la ternura con la que solo un abuelo mira a su nieto y me contestó “Tú, Juan“. Seguimos jugando pero otra cuestión rondaba mi cabeza, así que sin esperar gran cosa, cuando la siguiente bola entró en la portería, paré el juego un segundo y volví a la carga “¿Y esta noche, abuelo?”. Entonces me miró con cara seria, bueno, con toda la seriedad con a que un abuelo puede observar a su nieto y me respondió “el Madrid, esta noche, el Madrid”. En ese momento lo entendí, lo que iba a ver unas horas después era algo diferente, algo que nunca antes había sentido y que en ese momento aún no sabía, me iba a acompañar para siempre. Fue mi primera lección sobre el fútbol.

Laudrup y Guardiola luchan por un balón.
Laudrup y Guardiola luchan por un balón.

Seguimos jugando hasta que sin darnos cuenta llegó la hora del partido. Toda la familia estaba reunida, así que yo, el único culé de los que allí nos encontrábamos, me disponía a presenciar los que serían mis primeros minutos en el Bernabéu. La historia que sigue es conocida, ya la sabéis, Zamorano por dos veces, Laudrup y Bakero, Busquets y de nuevo el 9 chileno, Hristo y Quique Sánchez Flores, Luis Enrique y finalmente Amavisca. 5-0 el Madrid se vengaba del equipo de Cruyff.

Lo reconozco, no vi el gol de Amavisca, cuando Lucho se fue hacia la banda agarrándose la camiseta, celebrando el cuarto tanto, me levanté del asiento y me marché a la concina a refugiarme con mi madre, mi abuela y mi tía. Llegué con los ojos llorosos, pero aun así logre reunir todo el valor que pude y con la voz seria pero entrecortada les dije “esto no es para mí, no me gusta el fútbol”. Esa fue la segunda lección que aprendí aquel día, pero de ello no me di cuenta hasta la semana siguiente, cuando de nuevo y sin darme cuenta me encontré sentado en el sofá dispuesto a ver el partido, porque el fútbol es eso, un sentimiento.

Juan Díaz Villar | @JuanDV14

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