La insoportable galleguidad del ser

El objeto de mi viaje es ver países, tratar gentes, escuchar historias, admirar prodigios variados, ver teatro y conocer caballos padres. En estas dos últimas cuestiones puedo opinar algo –añadió el forastero modestamente-.

Álvaro Cunqueiro

En esta relación de curiosos intereses del hombre que se parecía a Orestes se adivina con facilidad el trazo de la pluma de Cunqueiro, gallego de fina fantasía y sofisticado lirismo. No es casual el extracto de la novela ganadora del premio Nadal del año 68 –el año en que nació el movimiento indignado que, con ínfulas de fin de la Historia fukuyamiano, no ha quedado sino en perpetua pataleta tan vacía como desaseada-, puesto que aquí también empieza un viaje. Su objeto, no obstante, es tan sólo publicar unos textos con mi nombre sobre ellos.

Textos que hablarán de gente, otros que serán cuentos y, quién sabe, tal vez haya otros que no encajen en tan amplios cajones. Como de nada sé mucho, podría escribir sobre cualquier cosa.

Álvaro Cunqueiro
Álvaro Cunqueiro, creador tan único como exquisito. (Foto: enofilicos.com)

Apuntó el hispanista Robert C. Spires, “los críticos han gastado poca tinta en la obra narrativa de Álvaro Cunqueiro”, y, aunque a un servidor no lo trata tan mal la vida como para ganarse el jornal como crítico literario, aprovecho para brindar estos párrafos a un autor que, como buen gallego, fue el mejor en lo que quiso. Y no es poco decir, cuando hablamos de alguien –periodista de categoría, habiendo sido director del por entonces prestigioso Faro de Vigo, hoy tan vulgar como el resto de diarios del país- tan célebre como novelista como por su obra poética, no siendo menos relevante la vigencia que, más de tres décadas después de su muerte, conserva el compendio “Cocina gallega”, mayor obra escrita hasta la fecha acerca de ese prodigio que es la gastronomía galaica.

– Ha llegado un hombre que se parece a Orestes.
– A Orestes sólo se parece Orestes.
– Luego, ha llegado Orestes.

EsquiloLa Orestíada

En sus folios, escritos unas veces en gallego, otras en castellano –probablemente el motivo de su escaso reconocimiento en ambos confines- tanto puede uno toparse con el mencionado personaje de Esquilo como escuchar al príncipe danés de Shakespeare en su pieza teatral “O incerto señor don Hamlet”, o bien a un morriñoso Sinbad, a Ulises cuando era mozo y hasta las historias de Merlín viviendo en una tierra que bien pudiera ser el Mondoñedo natal de Cunqueiro.

El modo cunqueiriano, como se ha dicho, no es ni más ni menos que aderezar con lirismo, humor y fantasía un universo de realismo intemporal que, en conflicto con sus personajes –aunque míticos, mortales- nos da el sentido de la vida: vacilar, llevados por engaños del decorado –como los reflejos de aquellos espejos del callejón del Gato en Valle-Inclán-, y tramar escenas que nunca llegan a producirse. En fin, dudar. No podía esperarse otra cosa de un gallego.

Siquiera aprendamos de don Álvaro, y ponga cada cual a su viaje una chispa de guasa y ternura, amén de objeto tan singular como aquéllos del hombre que se parecía a Orestes, y que por tanto era Orestes.

Luís Teira | @luisteira

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