El primer día

Recuerdo mi primer día de colegio con lejanía. Recuerdo que no quería entrar en clase y que lo hice a regañadientes, intentando burlar la seguridad de mi madre, como el atracador de banco que sabe que la policía le está esperando fuera. La foto que acompaña a este recuerdo en el álbum familiar es bastante diferente: allí aparezco yo, con unos pantalones cortos, las manos en los bolsillos  y cara de resignación a juego, alegre pero intranquilo, a sabiendas de que va a pasar algo que no me va a gustar.

Primer día de claseCon los años, fui pasando como pude el primer día de clase. Si no conocía a nadie, me sentaba en la última fila e intentaba no hablar mucho, analizando minuciosamente a todos y cada uno de los monguers que se sentaban a mi lado, como si estuviese en una mesa final del European Poker Tour. La gente que no conoces es más divertida que tus amigos. El primer día no hay malos rollos, caes bien y a ellos les da por ser amables y cercanos, como quién quiere colarse en el ático de la mansión Playboy sobornando al vigilante de la entrada. Lo preocupantemente cierto es que mi guardaespaldas suele estar de resaca cada vez que llego a un sitio por primera vez: bajo la guardia y me llegan ganchos y crochés por todos los lados, hasta tal punto que, en lugar de proteger al campeón de los pesos pesados, es él el que termina por darme una paliza antes de que llegue a saltar al ring. Ahí es cuando me siento indefenso y se me da por hablar. Paso de ser el nuevo a ser el simpático Llega entonces el momento en el que el profesor se aprende mi nombre antes de que llegue el recreo y en él, por fin, podamos descansar los dos.

Cuando peor lo paso es antes de que todo empiece: me sudan las manos y mastico chicle para evitar salivar demasiado, parezco un actor encarnando el papel de su propia vida, buscando ese punto de estrés que le haga sentirse vivo y comerse el escenario. Los nervios le salen a uno a relucir porque se siente sabedor de no poseer el control de la situación. Tiene que ser algo parecido a hacer puenting. Te encuentras en una posición envidiable pero no sabes lo que va a pasar después. ¿Y si se rompe la cuerda? ¿Y si se suelta el arnés? Lo más peligroso de hacer puenting no es el riesgo de caer al vacío, es no atreverte a saltar. Por suerte para mí, siempre termino saltando. Me he llevado algún que otro hostión pero bueno, nunca está de más saber que es lo que se siente.

Al final, las cosas terminan solucionándose solas: la cuerda no se rompe, tu guardaespaldas te ayuda a levantarte y la policía te obliga a volver al banco a intentarlo otra vez. Tan convencido estoy de que las cosas salen bien cuando uno se lo propone, que de tanto intentar escribir este texto desde hace unos días se me acabaron las ideas y decidí, como dice Jabois, que se escribiera sólo. Y aquí lo tienen, terminando de peinarse cinco minutos antes de salir a escena.

Bienvenidos a Highway Magazine

Darío Losada | @SrDourado

Anuncios

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s